8 de junio de 2014

¡Y volver, volver, volver!

Hace 18 meses que no escribo en este blog. Los mismos 18 meses en los que una familia terminó de pagar una nevera; la prima de mi mejor amigo organizó su boda y un ex compañero de trabajo vivió en Australia.

18 es un número que se asocia a la madurez según parece. A los 18 se vota, se puede comprar alcohol y cigarrillos y es legal la sexualidad. En algunas culturas los hijos se van de la casa, y en otras, se casan. 18 es la edad promedio en que los estudiantes entran a la universidad y deciden qué quieren hacer con sus vidas de adultos. En nuestro bien desestructurado sistema de salud, a los 18 los jóvenes ya no van al pediatra sino al doctor, y es la edad legal para trabajar. A los 18 se puede tener por primera vez una cuenta de nómina y aspirar a un crédito bancario. En síntesis, 18 es el número del cambio.

Extraña coincidencia que yo decidiera entonces escribir de nuevo tras 18 meses de ausencia. Pensé en cerrar este blog. Ya no hay mucho por decir y la inspiración se me fue al piso. Mas que complacerme, empecé a sentir la necesidad de complacer a mis lectores, en escribir cosas que fueran interesantes para que volverme popular en el ciberespacio. Soñé con ser bloguera reconocida, leí de casos de éxito que si lo lograron. Quería vivir de esto, de escribir para siempre y que me pagaran, que la gente se ovacionara con mis entradas, que dijeran ¡Oh qué bueno es esto! y que un día, me llamarían de una famosa revista para hacer parte de su staff de columnistas. Pero en todo fallé. Nada de eso pasó.

Cuando abrí esta bitácora en junio del 2008, las primeras palabras que se me pasaron por la cabeza no levantaron el más mínimo interés de ningún desocupado transeúnte. Después llegaron los comentarios y poco a poco fui creciendo y con ello, mis ganas de perseguir mi idea frustrada de ser columnista exitosa. Hoy, 6 años después cambió. Las ideas se fueron y con ellos la gente. Y así mismo, la esperanza absurda de vivir de escribir. Me dediqué al trabajo y en los ratos libres a leer libros. Ya no me importaba escribir aquí; tampoco leer a algunos colegas, ni comentarles sus escritos. Las palabras no fluían igual que cuando empecé; ya no tenía un mecenas y decidí guardar mis opiniones en la cabeza.

Sin embargo, un día de aburrimiento se me dio por pasar por acá, leer mi última entrada y suprimir para siempre las opiniones desocupadas...ya no tenía sentido mantener un espacio que no uso, pero curiosamente me arrepentí. Antes había pensado algunas veces en retomar pero tuve temor que se me volvieran a esconder las ideas; pero hoy llego el momento. Sé que ya no es lo mismo. La gente ya no lee blogs, todo está a la mano en Twitter o quizás en Facebook y si no, alguna foto lo explica fácil en Instagram.

Aún así, ya no me interesa complacer a nadie, y poco me importa la calidad de mis textos. En estos 6 años y varios cursos de escritura encima, me di cuenta que lo mío no es precisamente escribir cuentos, poesías, ficción ni crónica. Lo mío es procrastinar con un teclado, algo más desesperanzador. Son letras que llegan intempestivas, sin avisar y sin importar si estoy en la actitud de escribir o no. A veces, surgen en la mitad de un Transmilenio lleno de las 5 de la tarde, o en medio de una cerveza un viernes en la noche. Y ahí, sólo salen y ya; sin categoría ni horario. Tal vez por eso cuando me dan ganas de teclear y lo hago, no es como se esperaba y creo que por eso nunca  me llamarán de la revista, ni me entrevistarán en una emisora por mi éxito. Toda ambición se fue, ya no seré famosa; finalmente eso ya no importa. Así que tal vez, ya cumplí los 18 años -los de la "madurez mental"- en materia de escritura.

Hoy después de tanto tiempo, debo reconocer que este blog me ha dejado grandes cosas: letras, amigos, recuerdos, experiencias y mucha, mucha procrastinación. Cosas inmateriales pero suficientes para sentirme satisfecha y decidir darle una segunda oportunidad. Quiero (intentar) retornar y llegó la hora. Soy una guerrera -de esas tan comunes- derrotada en el inmenso campo de la hoja en blanco, pero que hoy va a librar una nueva batalla. Muchos lo han intentado sin éxito; otros pese a las situaciones, deciden seguir. Así que como ellos, seguiré. No prometo calidad, ni tampoco cantidad, pero esa será la excusa para retornar sin tapujos ni temores.

Hoy me reencontré con este rincón y con él se alimentaron de nuevo las esperanzas que espero duren.

Mientras tanto, el hijo de otra amiga cumple 18 años y ya tiene cédula para votar este domingo; el compañero de trabajo se fue a hacer una maestría en Francia hace 6 meses; y la familia que compró la nevera sacó un crédito hipotecario a 15 años. Cifras irrelevantes, pues después de los 18, los 30 son otra época crucial en la vida. Espero no tener que esperar con la hoja en blanco 30 meses más, porque entonces esa vez me rendiré y ahí si tendré que irme para siempre. Si vuelve a haber un 30 para esperar en el corto plazo, serán los años que estaré por cumplir en unos meses, no de esperar por otra entrada en el blog.

21 de diciembre de 2012

Carta a los Mayas

Queridos Mayas.

Asunto: Chorro de babas

Ahora que no se acabó el mundo ¿qué?
Heme aquí a la madrugada y no pasó nada. Quiero saber qué pasó con la seriedad de sus afirmaciones, su terrorífica profecía y la exactitud de sus cálculos a la hora de hacer semejante pronóstico, que nos puso a temblar el trasero a los  6 mil millones de personas que habitamos este moridero. Les recuerdo que al lado de ustedes Nostradamus quedó como un pobre imbécil, al pobre tipo nadie lo toma en serio y el mundo nunca se prepara para sus vaticinios. Con ustedes la cosa era diferente; a todos nos hablaron de su existencia en el colegio aunque casi nadie puso cuidado, pero de un momento a otro History Channel y una cantidad de charlatanes más, afirmaron con certeza entre documentales, libros y tuits, que sus profecías eran eran válidas y que el 21 de Diciembre del 2012 el mundo llegaría a su fin, que nos iríamos al infierno y padeceríamos las inclemencias terrenales que nos merecemos. Así,  la gente empezó a conocerlos y a creer en el apocalípsis del que tanto temían. Ustedes, mis queridos, gozan de una popularidad increíble en todo el mundo y de una credibilidad envidiable.

Confieso, todos nos creímos el cuento. Los palestinos y los israelíes aprovecharon y se echaron plomo y bala a diestra y siniestra; los griegos se declararon en bancarrota y la Unión Europea ya es prácticamente sólo un nombre; abrieron -al fin-  la troncal de la 26 porque no querían que ustedes llegaran y vieran todo ese mierdero en la ciudad; Samuel Moreno celebra cumpleaños en la Modelo como cualquier parroquiano del común y brinda con los funcionarios del Inpec;  Bogotá se llenó de basuras porque al alcalde se le zafó un tornillo o todo el tejado (no sé aun ese dato, tendría que confirmarlo); aprobaron una reforma tributaria absurda que nos exprime hasta el último centavo y jode al Sena y al Icbf, pero no le dimos importancia porque igual ustedes vendrían el 21 así que qué carajos; las tetas, los micrófonos;  Millonarios quedó de campeón del fútbol colombiano después de 24 años, así que pensamos que eso era un "pan y circo" de ustedes, y se armó la celebración en toda la ciudad y mis vecinos se tomaron el lunes como día cívico y dicen llorar cada vez que se acuerdan del penalti victorioso (a ellos si por favor llévenselos si no es mucho pedir); a un man que se llama @romerovarón le desocuparon la cuenta en una transferencia electrónica y lo dejaron sin navidá; Miss universo fue en las vegas, la ciudad del pecado, y  lo ganó Miss USA, una vieja espantosa con un vestido rojo inmundo y corroncho, lo cual si es un verdadero pecado, y todo evidencia que fue rosca; le gente se tomó el tuiter con un "ola ke ase" y  otro montón de spam; las tetas, los micrófonos; a Colombia le quitaron una gran parte del mar territorial pese a que todos los pronósticos de los internacionalistas indicaban lo contrario y ahora toca broncearse en Colombia y nadar en Nicaragua; Colombia, fuera de eso, con patadas de ahogado en mar nicaragüense,  decide retirarse del pacto de Bogotá; a Chávez le volvió el cáncer y aunque hace creer que está bien, todo parece indicar que ahora si ya está sin vuelta de hoja y a mandar no volverá, ahí verán ustedes si vienen por él aunque igual dejó un maduro legado; un loco en Connceccticut armó una balacera en un colegio y mató a veinticinco niños y luego se disparó, el tipo tenía cara de sicópata y me da miedo verlo; Madonna y Lady Gaga vinieron hasta este rincón a dar un concierto y fue apoteósico y también produjo muchas salidas del clóset; las tetas, los micrófonos; a mí casi me echan del trabajo porque armé sindicato y tengo un montón de nuevos enemiwis que ahora no me quieren ver ni en pintura; ganó el Nobel de literatura un man del que nunca habíamos oído hablar y que el nombre se parece al de ustedes: Mo-yang, no sé si tengan algo que ver, favor comunicárnoslo y emitimos al menos un programa de televisión semanal hablando de sus visionarias premoniciones. En fin Mayas, vivimos las duras y las maduras y creíamos que toda esta chichonera de verdad si iba a llegar a su fin hoy; entonces ustedes salen con un chorro de babas. Muy bonito.

Ahora que no se acaba el mundo díganos por favor qué carajos vamos a hacer. Los australianos estaban cagados del susto porque ellos serían los primeros y cuando yo me levanté, ya llevaban como 8 horas ¡y no había pasado nada! Los de History Channel ya no sabe qué emitir  en estos días para levantar pánico, tampoco tenemos temas interesantes en tuiter pese a que ustedes siguen siendo Trendic Topic, la gente está loca, tanto que hubo chiflados que hasta refugios hicieron y otros que organizaron un suicidio colectivo y ahora quedaron viendo un chispero. ¿Han pensado en los del suicidio colectivo? ¡Por Dios que alguien piense en los del suicidio colectivo! 

Me temo comunicar por esta y tantas razones más, que les hemos perdido el respeto.Yo, en nombre de esta humanidad loca e indolente,  les pido por favor más exactitud en sus cálculos y absténgase de andar profetizando armagedones; ahora nos dejaron un mierdero por resolver y ya no tenemos a quién echarle la culpa de nuestros errores. ¿Gracias no?

Sería bueno que se pusieran serios. De verdad que sí. 

Que pasen ustedes unas felices fiestas.

Cordialmente,
(Lo que queda) de la humanidá.

8 de abril de 2012

Lo siento querido profesor, tal vez no es lo mío.

La gente cree que eres profesor porque no pudiste ser otra cosa. No lo discuto. Lo que no saben es que si eres profesor puedes ser cualquier otra cosa.
-Nightwriter-


Hoy es mi última noche de libertad, la última noche que estaré sentada frente a este computador escribiendo y haciendo nada. Tengo sueño, en realidad sólo esta semana he dormido bien. Tres meses perdida porque entré en una nueva etapa y en un nuevo trabajo. Ahora enseño; sí, enseño como todos los profesionales varados que no encuentran otro trabajo, o esperan algo mejor y mientras buscan empleo, enseñan. A veces siento ganas de salir corriendo y cambiar la academia por una aburrida oficina, donde me paguen algo más y no tenga que llevar trabajo a la casa ni madrugar los sábados, para que cuando llegue el viernes, pueda ir a tomarme una cerveza tranquila y decir mierda, por fin es viernes ¡a descansar!  

Pero la vida no me la puso así. Ironía es que elegí una aburrida carrera oficinista y mi mundo ahora no es una oficina, es la enseñanza, la enseñanza, para más colmo, en una lengua extranjera. Nunca había cáído en cuenta lo difícil que es este trabajo del que casi todos hemos sido testigos y pocas veces valoramos. Hoy lo vivo en carne propia y me les quito el sombrero a los maestros. No me odien, no odio su profesión, pero tal vez, no es lo mío; al menos no en un colegio.

Y es que mientras me acostumbro (cosa que parece imposible) mis días parecen no tener nada de interesantes. Llegan los fines de semana y me atrapa una cantidad de trabajos por revisar, clases por preparar y notas por pasar. Salir un sábado significa perder un domingo, domingo que no  pagan pero al que debo dedicarle el tiempo para el lunes poder llegar con algo preparado porque enseñar nunca será improvisar y no debo quedar como un zapato frente esos aprendices que pese a que no son ávidos de conocimiento,  me encomendaron el papel de instruirlos y al final, aunque es sólo otro ladrillo más en la pared, hay que ponerlo bien.

Trabajo casi 12 horas al día para ahorrar dinero para el otro año largarme a hacer un máster, y ya no sé qué estudiar si todos los máster son -en últimas- para ser profesor universitario y ya me decepcioné en algo de la educación, de pasar alumnos porque sí, de que haya poca disposición de aprender y tenga que ser algo didáctica para hacer entender. Lo mío es hablar mierda sin parar, sin necesidad de acudir a la pedagogía como método. ¿Para qué ahorro entonces con tanto fervor? no lo sé, tal vez para buscarle otro camino a  este estilo de vida que está absorbiendo toda y cada una de mis partes, o para irme de vieje por un año si el dinero me alcanza.

Ya perdí mi voz de tanto gritar, esa voz que no servía para cantar pero si para hablar, también se fueron algunos kilos, pasé de talla 4 a  2, mi médico de cabecera me diagnosticó principios de anorexia, no porque vomite y esté obsesionada por la delgadez, sino porque la delgadez está obsesionada conmigo.Ya no leo, no veo televisión ni salgo por ahí con amigos. Ahora me acuesto como las gallinas, madrugo como los gallos (o más) y mi mente vive ocupada hasta en sueños. ¿A qué horas llegué a  entregarle mi vida a un trabajo, mi tiempo al dinero, y mi paciencia un cheque mensual? Por Dios, ¡a qué horas!  Esta es la vida laboral del asalariado promedio, no importa cuál es su profesión u oficio y debo decir que es una mierda.
   Aduzco que todo esto es porque mi defecto es quejarme, y por eso hoy me quejo, como lo hago de todo: del sueldo, del tiempo, de las cuentas, de mi vida... — Estos gajes del oficio son propios de principiantes, me dicen—, tal vez con el tiempo puedas hacer las cosa de manera más práctica reinteran; experimentados profesores me lo han demostrado, pero en realidad no sé si quiera que haya futuro en esto. Está bien que me han llegado a considerar "muy buena", pero no sé si en realidad quiera seguir haciéndolo. No lo sé porque no sé qué es lo que quiero. Quizás, si estuviera clavada en una oficina estaría renegando por lo eterna y aburridora que son las rutinas ejecutivas y extrañara la docencia, y entonces quedo en una encrucijada de quejas y dudas y ninguna respuesta; sólo se convierte en un maldito círculo vicioso en donde la única solución sería no trabajar, cosa que a mis 27 años ya es imposible.

¿Pero por qué te quejas si no es tan malo? dirán unos. Estoy segura que la docencia es de las profesiones más difíciles y peor pagas que existen, pero también sé que mi título de "internacionalista" no sirve para un carajo. Porque en este país es difícil triunfar si no se tiene palancas que muevan el engranaje del éxito. Muchos de mis colegas ejercen porque encontraron quién los patrocine, los que no, tienen trabajos no muy buenos que en últimas ganan lo mismo que yo y no aprenden nada. Yo, que pocas o nulas oportunidades tengo de que me palanqueen por ahí, sigo enseñando porque es lo único que encontré, algunas veces lo disfruto, otras lo odio, pero siempre aprendo algo  de mis alumnos y el rol de enseñar me lo tomo en serio; al menos, trataré de hacer lo mejor que pueda, admirando la labor de los licenciados y profesores de verdad porque yo lo soy de mentiras. Por fortuna.

Así que por eso aproveché semana santa, para leer los libros que en días laborales el cansancio no me deja, comí como glotona todo lo que se me antojó a ver si vuelvo al menos a mi ususal talla 4, trasnoché perdiendo el tiempo en Internet, ví montones de películas como hace harto no lo hacía, visité a algunos amigos y me tomé unos tragos sin afanes, me dediqué a la pereza y mandé a la mierda todo el trabajo que tenía pendiente para después de vacaciones. Pero entonces mientras escribo esto me acuerdo que hoy es mi última noche de libertad, y que a partir de mañana seré otro robot que trabaja en el sistema educativo, que le toca pasar alumnos por cuadrar estadísticas, que ahorra todo lo que puede para estudiar algo que ya no sabe qué será, pues ya la educación la defraudó y que aun así seguirá buscando mejores caminos para ver si sobrevive a la teoría de Darwin. 
    Porque eso de ser adulta y trabajar si que es duro, eso de sobrevivir en este mundo laboral donde ya no vale ser un buen estudiante, tener buenas notas y mil estudios es innecesario. Sólo se puede surgir si se tiene un buen contacto, una buena palanca que te catapulte al éxito profesional, y que haga que tus cuotas del Icetex se vean minúsculas cuando recibes el tan anhelado salario. Pero eso sí; nadie te asegurará de que allá seas feliz y disfrutes tu trabajo.
Esperemos que las próximas noticias sean mejores. Iré a comer y si puedo, a dormir, no sin antes dejarles esta frase:
Cualquier imbécil puede tener un trabajo; vivir sin trabajar es cosa de sabios. -Charles Bukowski-
Y oh que sí es cierta...

4 de enero de 2012

Un 2011 como babas de tonto.


Se acabó por fin el 2011. Gracias al altísimo que así fue, porque por estos lares fue muy malo y poco fructífero. Muchas crisis existenciales, emocionales y económicas, pocas oportunidades y momentos agradables; escasas cosas nuevas y más de lo mismo; muchos libros abandonados y exiguas letras escritas; numerosos amigos distanciados y poca gente nueva; reducidas ideas, raras entradas en el blog, pero incontables tuits... cosas que, haciendo un balance de pérdidas y ganancias, como los contadores y financistas, arroja una ineludible bancarrota.

Y es que así son las cosas, como un balance financiero. Una vaina aburrida que siempre habrá que mirar con detenimiento, fijarse dónde está el problema y dónde puede solucionarse. Las cuentas nunca cuadran, y ese siempre será el reto; emparejarlas y dejarlas iguales para mirar con optimismo las ganancias y agarrase de ellas para evitar las pérdidas. Medirlas, analizarlas y digerirlas y para allá dirigir los recursos para que las cifras negativas se reduzcan. Evaluar, sacrificar e invertir, optimizar los recursos y apalancar las cifras negativas para no dejar caer las positivas. Reducir costos, aumentar utilidades, de eso se trata la lucha de cada 365 días y que comienza con 12 uvas, unos cucos amarillos y una copa de champaña.

No voy a contar a fondo cómo fue mi 2011 como lo hago todos los años, porque casi no me acuerdo. Fue insulso y simple, como las babas de tonto que muy seguramente todos hemos probado y el que no, que lance la primera piedra y de fe de ello. Por si algo: Simple, aburrido y poco interesante. El destino me debe aún muchas cosas y no me alcanzan los 355 días que -según los mayas- tenemos para hacer lo que nunca hicimos.  

Decidí entonces no esperar nada del 2012. El 31 a las 12 me comí un sinfín de uvas, todas sin deseo, y me bebí algunos tragos de unas cervezas en lata que habíamos aprovisionado los poco creyentes en agüeros que resolvimos tomarnos con sutileza el cuento del año nuevo. Que sea lo que los mayas quieran, porque finalmente después de tanto esperar no obtuve gran cosa y creo que ya no estoy para esos trotes de tener tanta fe en que de un día para otro la vida va a cambiar (a menos que me gane un baloto) y que todo va a ser color de rosa. Eso sí, prometo, como hace unos días los hicieron una cantidad de políticos, confiar en que voy a escribir con constancia para al menos mantener el hábito (hábito que desaprendí con rapidez debido a tantas cosas estúpidas en la cabeza y bla bla bla...)  para que este blog recobre la vida activa que alguna vez tuvo o decidirme entonces a cerrarlo para siempre. 

Porque así no se puede. La inconstancia me está matando. Porque pasar la vida sin encontrarle sentido a las cosas no tiene sentido, porque el caos siempre seguirá siendo caos, aún cuando se piense que hay un orden de ese caos; y sin embargo seguirá pasando el tiempo. Lo más duro de este año que acaba de pasar, fue que me di muy duro contra el muro, me caí demasiadas veces y no logré levantarme casi de ninguna. Al final sólo queda (como dijo un sabio futbolista por ahí) un sin sabor amargo.  He leído tantas cosas positivas de la gente que culminó este 2011 que estoy por pensar que el niño Dios de seguro les trajo un kit de superación de Jorge Duque Linares, o que tal vez la única que tuvo algo de sal encima fui yo. Pero ya qué, ya me di cuenta que las uvas de la media noche, las lentejas en el bolsillo, las espigas por la casa, la vuelta a la manzana con maletas, los cucos amarillos y la copa de champaña, no sirven más que par dar consuelo de que lo que no se pudo, va  a poderse.

Así a que mis queridos amigos, seguramente no van a cambiar sus vidas de la noche a la mañana y quizás tampoco se acabe el mundo el 21 de diciembre de este año. Vamos a tener más treinta y unos de diciembre para seguir inventando agüeros y estrenar pinta de pies a cabeza. Que sigan diciendo que sí van a dejar el trago y brinden con una copa de aguardiente en la mano y una de champaña en la otra y resulten borrachos botados en el sofá de la casa de la abuela; que esos kilos de más seguirán siendo kilos de más porque no resistieron a la tentación de comer esa lechona grasosa, con pellejo tostado y sabroso que nadie deja en el plato y se atrevieron a repetir; y que muy seguramente esas lentejas guardadas en su ropa les irá a dejar un reguero de granos por todo su armario durante un año. Porque hay excusas para creerlo: Los Mayas dejaron de existir hace mucho y no todo lo que dicen es confiable, porque el calendario gregoriano está corrido no sé cuántos años, porque Jesús aun no ha regresado a la tierra, porque en el Apocalipsis no dice nada del 2012, porque la ciencia asegura que no hay razón aparente que cause más que un solsticio el 21. Pero Discovery, History y Nat Geo seguirán pasando programas apocalípticos que seguirán atemorizando a los ciudadanos de a pie como usted o como yo, que hará cuestionarnos si nos gastamos los ahorritos y renunciamos al trabajo porque ya para qué seguir esclavizado, o si seguimos como siempre. Porque la perspicacia humana para formar el caos continuará existiendo hasta el final de los días que muy seguramente será cuando menos lo imaginemos, y  acabará esta payasada de una vez por todas y sin darle tregua a nadie.

Mientras tanto, será disfrutar. Hacerle el amor al 2012 y pensar en que si ya no fuimos nadie es porque ya no fuimos nadie. No habrá uva poderosa o espiga valerosa que cambie lo contrario. A ustedes espero leerlos como antes y a mí, espero volver a escribir en este blog como antes. Gracias por pasarse por acá y leer estas flojas letras que ya, como todo, no son como antes.

18 de julio de 2011

Diatriba a la madrugada

Ejercicio para teclear. Batalla No: 398.573 millones contra la hoja en blanco. Perdonen las incoherencias.

1:23 Am y hasta ahora empieza la noche, aunque mañana madrugue y esté somnolienta el resto del día. 4 ventanas de Word abiertas y el correo electrónico, esperando un mail que nunca va a llegar y unas palabras que nunca van a salir de esa caverna enmarañada que tengo adentro. No más de 10 reglones hay escritos, no es el momento para escribir. En realidad no sé cuándo es el momento y no lo quiero saber porque espero que llegue espontáneo. No escucho radio porque casi no me gusta la música que ponen en las emisoras y la que tengo en mi computador apesta, me cansé de escucharla por años sin novedad. A esta hora pasan un programa sobre Pompeya, en Discovery Channel, muy interesante, pero mi subconsciente no ha puesto cuidado en lo más mínimo porque está concentrado en la pantalla y en las hojas de Word. Quisiera tener un VHS para poder grabarlo y otro día poder verlo, pero eso ya está obsoleto, de hecho ya casi todo está obsoleto, como escribir cartas y mandarlas por correo postal. 

La historia del Vesubio me conmovió hasta el tuétano cuando la leí en algún lado, de la misma forma en que lo hizo la imagen de Mayra, la niña de Armero la primera vez que la vi en televisión. Mi abuela perdió allí a unos parientes lejanos, y todavía, cuando ve a Omaira, se llena de nostalgia y llora. Recuerdos, y añoranzas que producen escozor cuando atraviesan la cabeza como la bala del suicida y la mente se desordena como las piezas de un rompecabezas sin armar.

Creo que estoy perdiendo la guerra, le cogí pánico a escribir y a la hoja en blanco. Decidí posponer para después el ímpetu de teclear, de coger un lápiz y un papel, y me obsesioné con buscarle un rumbo fructífero a mi vida porque todo lo que escribo no me gusta y al resto tampoco, y estoy inconforme con estos 26 años vividos y de tantos intentos. Me desanimé y me animé a veces, me llené de prejuicios y para sentirme mejor inventé a un lector imaginario para que se sorprendiera con lo que escribo, pero al final él desertó porque se dio cuenta que en el fondo, no hay mucho qué hacer. Busqué un nuevo rumbo mientras cogía fuerzas; dejar el trabajo aburrido y mal pago, y las recurrentes llegadas tarde como protesta que no sirvieron para nada, el daño de mi computador y lo caro que me salió, la USB que se extravió y los archivos que perdí, el libro que comencé entusiasmada  y que no me gustó. Una y mil excusas más y el mismo rumbo.

Recuerdo que hace unos años, mis días eran mucho más amenos, mi mente aún se nublaba pero era una guerrera en el inmenso campo del papel en blanco, que perdía algunas batallas pero no se rendía. Escribía, escribía mucho aunque todo era malo. Hace un año mi amiga se recuperaba de un grave quiste en un seno y el dueño de un libro que conservaba con vehemencia en mi biblioteca, se quitaba la vida volándose los sesos. Pensé que la vida pasaba demasiado rápido y que podrá apagarse sin darme cuenta y debería vivir intensamente como si la próxima en abandonar el planeta fuera yo, pero no lo he hecho.

Cuando intenté leer a Proust me conmovió la forma en que toma los recuerdos como la vitamina imprescindible para sentirse vivo. Traté de tomar esa misma vitamina y aumentó mi nostalgia, el deseo literario, el conocer, leer, experimentar lo que en la mente se esconde que es bien profundo. Y me acordé de mi abuela y de cómo después de las lágrimas me cuenta con agrado todas sus anécdotas antes de llegar a esta ciudad, y se siente viva. Y dije mierda, ese Proust es un genio. Me di cuenta también que muchos homosexuales como él, eran verdaderos maestros en su arte y que el mundo quizás no sería el mismo -al menos para mí- si ellos no hubieran existido con todo y su maricada, qué se le hace. Agaché la cabeza, y me les quité el sombrero.

Y una cosa lleva a la otra... El otro día me encontré dos mil pesos y pensé que a lo mejor tuve suerte, más tarde, entré a una librería y cuando encontré un libro raro llamado Tumbas de escritores y famosos pensadores, me encontré veinte mil pesos, y pensé que a lo mejor si tuve suerte. Con esos veintidos mil pagué el libro. Luego vi cómo una muchachita buscaba desesperada veinte mil pesos con su hermanita en la billetera, en los bolsillos y en sus pertenencias. Pero no me importó porque ya tenía el libro conmigo y estaba plenamente feliz de ello.

Pienso que aveces no es tan malo sacrificar la alegría de otros por encontrar la propia. Los Nule se robaron una cantidad descomunal de dinero y mientras tanto Bogotá se encuentra en obra gris y sigue siendo un mierdero cada vez más grande. Confieso, yo sólo robé una minucia sin intensión, estoy libre y libre de culpa y la muchachita se fue triste para su casa lamentándose que perdió veinte mil pesos y a los Nule los tratan como reyes en la cárcel y la plata nunca apareció.

En un trancón, me encontré a una amiga en Transmilenio que me dijo que su papá lee mi blog y me sentí apenada, imaginé al señor Amórtegui  en su oficina (un saludo para él), leyendo estas barrabasadas mientras entra a una reunión y preguntándose qué carajos hago yo de colega de su hija. Yo tampoco lo sé, pero descubrí que el tiempo que paso en Transmilenio incómoda, cuando salgo del trabajo con anisas de llegar a mi casa a comer porque muero de hambre; es el mismo que puedo pasar en un bus que me deja en el mismo lugar, con sillas desocupadas y 300 pesos menos diarios y concluyo que puedo ahorrarme 1500 pesos a la semana, lo de otro pasaje y eso le sirve a mi bolsillo al mes. Y me acuerdo de que tengo que ahorrar dinero porque en ese miserable trabajo no me pagan auxilio de transporte y gano lo mismo que la señora de los tintos que siempre me mira mal y me deja sin el café mañanero que tanto necesito. Y en el fondo hasta me hace un bien, porque el ortodontista me regañó porque mis incisivos inferiores se han manchado por el exceso de cafeína y nicotina, y le digo que pese a que hace unos meses volví a fumar, he dejado de hacerlo. Le echo la culpa al café y no a la Coca-cola de la que era adicta y que ahora ya no porque le cogí fastidio, y caigo en cuenta que la única bebida negra que consumo es el café porque una copa de vino no me tomo hace harto. Gracias entonces a la señora de los tintos por su descortesía.

Pensando en ese bus, comprendí que en algo debo cuidar mi apariencia física porque ajá. Me volví entonces sin proponérmelo, esclava de la plancha porque mi cabello últimamente se esponja y me veo horrible y que  las pastillas para el acné sacan pecas, pecas que odio y que evito usando bloqueador solar en las mañanas así no haga sol, porque ahora siempre llueve y toca cargar sombrilla. He botado tantas que ya perdí la cuenta y me he mojado los pies con constancia y aún así me rehúso a usar botas de caucho. El verano duró poco y no lo aproveché, tampoco tuve vacaciones ni viajé en los puentes. Ahora recuerdo que una amiga del colegio me llamó a invitarme a pasear y le saqué el culo porque me aburre que pobreteen de mí porque no he triunfado. Ser un perdedor es cosa fácil y no tienes qué proponértelo.

Y una cosa lleva a la otra, porque hablar del perdedores, es un tema recurrente en Twitter y ahora me envicié a esa vaina. Y mientras procrastino diariamente allá, y busco soluciones para mi vida, el tiempo se pasa, he ahorrado poco dinero, voy para mis 27, no saqué matrícula profesional y perdía la guerra con la página el blanco. Hoy también me dio miedo escribir y decidí encaminarme en estas líneas publicándolas sin releer, para no arrepentirme. Me advierto, que tengo que dejar la güevonada; así no pretenda ser escritora ni nada de eso. Deberé intentar dejar el pánico y llamar con ecos ausentes al lector imaginario que un día creé, convenciéndome que a lo mejor puedo producir algo bueno. Ojalá escribir fuera como las gallinas cuando ponen un huevo.

2: 19 y este borrador apesta, 1531 palabras no están del todo mal para empezar. Eterno dilema entre calidad y cantidad. La madrugada transcurre en la pantalla y el frío en los pies. Tengo que levantarme temprano y voy a estar somnolienta y sin tinto. De pronto al otro día un lector imaginario salga de mis sesos y me de “like”, o tal vez me encuentre diez mil pesos, y me vaya en taxi leyendo sobre la tumba de Pierre Kemp. Porque una cosa lleva a la otra y aún no se ha perdido la guerra. Yo, me las creo. 

23 de mayo de 2011

Dime cómo te llamas y te diré quién eres

—¿Cómo es su apellido? —Le pregunté a cierto muchachito, para un asunto de trabajo.
—Trochez, —respondió incómodo.
—¿Trochez? ¿Con Z?— pregunté con ignorancia.
—Si.
¡Vaya! qué apellido más extraño. Nunca lo había escuchado, pensé. —¿Y su nombre?
—Lothar Andreas.
—¿Cómo?
—Lothar Andreas.
—¿Cómo se escribe?
—L-O-T-H-A-R... —Respondió en medio del bochorno de sus rojas mejillas.
—Perdón, ¿de dónde es ese nombre?
—Alemán, así se llama el jugador favorito de (no recuerdo qué deporte raro) de mi papá.
—Ah, ya.

Podrá ser un buen deportista el tal Lothar Andreas, pero de ahí a que el pobre chino con pinta innegable de sudaca, se llame así, pobrecito. Con ese nombre ya tiene para que se la monten un rato. Pensé.

Silencio incómodo. Continúo mis labores haciendo de cuenta que nada pasó.

Todos hemos conocido alguna vez a alguien que probablemente no tenga tocayo, ese sujeto único en el salón de clases o en la oficina, el del nombre raro que hasta se ve ignominioso en el Facebook, gracias a la creatividad de sus padres a la hora de registrar a su hijo.
Sus nombres, por curiosos, despiertan risas, apodos y confusiones en los ámbitos en los que se mueven. Y es que el —¿cómo te llamas?— es el rótulo que puede decir en realidad de dónde se viene o quién se es; por eso lo considero como una decisión que se debe tomar con suma prudencia. Es preferible tener el nombre más repetido del listín telefónico, que llevar a cuestas una combinación extraña de letras, o cierto híbrido extranjerizado, que poco o nada haga juego con el apellido latino y lo haga quedar a uno en ridículo cuando le toque decir su nombre frente a todos.

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Más que a los desafortunados dueños de esos nombres raros, mi llamado de atención iría para los padres que se las dan de creativos frente al notario. Si yo le pongo a mi hija Usnavy, la podrìa condenar al escarnio público: Niños burlones en el colegio o compañeros creativos que le montan apodo a sus espaladas. Con ese nombre la doblego a no triunfar, o al menos no mucho. No es por discriminar, pero son muy pocas las personas exitosas con nombres desastrosos. Es más fácil apuntarle al éxito llamándose Andrés o María, que Jheyson Daryani o Yamiris Dileth. En algunos países han intentado implantar decretos en los que se prohíbe a los padres colocarle a sus hijos nombres que atenten también contra ellos. Nada de  Napoleón Enrique ni Hitler Mauricio. Me parece justo, si yo fuera Farcep Hernández -por ejemplo-, demandaría a mis padres por atentar contra mí dignidad poniéndome así.

El mundo globalizado está poniendo de moda no sólo las grandes marcas como nombres propios, sino también la adopción de nombres extranjeros, que, combinados con apellidos criollos quedan algo histriónicos. Así, no es difícil encontrar a varios Bruce, Gokú, Disney, Britney, y otro sin fin de extranjerismos ó marcas. Sé que por ejemplo, ya hay algunos muchachitos bautizados Barack Fernando Rodríguez, y no faltará la Mercedes Benz González o cosas así.

Esas ganas altruistas de dárselas de internacionales los hacen quedar como objeto constante de comentarios (los pobrecitos se vuelven también inolvidables cuando se les tiene de compañeros no precisamente por su personalidad arrolladora). Algunos padres creen que con ponerle a su hijo un nombre extraño, se verán con más clase y estilo. No señores, están muy equivocados. Al contrario de lo que piensan, este tipo de personajes suelen ser asemejados como típicos integrantes de clases populares. Sí, suena discriminatorio, pero es precisamente el efecto contrario lo que sus creativas mentes pueden llegar a causar en el muchacho. Aparte de convertirse en un problema permanente cuando les pregunten su nombre en una entrevista, o los mencionen en la lista del colegio, se someten a la burla frecuente, al escarnio.

Me puse en la tarea, y encontré estas “bellezas” (descabecé una veintena más)en la lista de un colegio, que aunque no sean marcas, sus nombres despertaron en mí, cierta curiosidad :

-Yoor James
-Brayan Stick
-Yohudi Straiker
-Charles Jefferson
-Maycon
-Lubián Andrey
-Jarbinzon Arcenio
-Hertson Esneider
-Bayron Yusef
-Josman Haeth
-Jhonbleider
-Fransiney.

¿Brayan Stick? ¿Charles Jefferson? ¿Será la lista de un colegio en Marte? ¿Qué quieren demostrar los papás, bautizando a los niños así? ¡Por Dios!.

Mi intención aunque no lo crean, no es juzgar a nadie por como se llame, hasta allí no llega mi grado de intolerancia. El problema es que no logro entender por qué hoy en día, la gente, por tirárselas de moderna, creen que tendrán mejor estatus si sus retoños tienen un nombre que se escribe con las letras menos usadas del abecedario, o que son víctima de una fórmula híbrida entre el inglés, el español y los nombres de moda de ambos lados del hemisferio o de alguna lengua exótica. Es extraño cómo la creatividad se aprovecha de los procreadores justo cuando están frente al registrador para hacer el documento que dejará de por vida al chinito llamado de esa forma, y que muy probablemente él va a odiar. Sé también que cada quien es libre de ponerle a su hijo como se le venga en gana, pero ¿no es un poco injusto ponerse a jugar con la dignidad del pobre chino, con unos nombres que hasta a ellos mismos les cuesta un trabajo enorme escribir? No imagino al pobre Yohudi Straiker en el jardín infantil, tratando de escribir su nombre, llorando porque es muy difícil hacerlo, mientras la pobre maestra le enseña con paciencia a hacer las letras raras que aún no han visto en la cartilla.
Gran hazaña. Sólo a unos padres dementes se les ocurre poner al chino en esos pereques.

Sería también difícil que algún día el presidente tenga por nombre Brayam Harney, o que nuestro próximo Nobel de literatura se llame Neydert Efrén. Dime cómo te llamas y te diré quién puedes ser. O más bien, dime cómo te llamas y te diré quiénes son tus procreadores. ¿No les dará pena atentar así contra el autoestima?
Señor papá de Lothar Andreas. ¿No le parece exajerada su afición por yonosecuál jugador alemán, como para que su hijo tenga que aguantarse semejante chicharrón?

Gracias al Altísimo que mis padres al menos rayaron en lo común y no cayeron en el horror de bautizarme con un nombre extraño e impronunciable; tuvieron conciencia, y por suerte no sufriré por eso, como el pobre Lothar Andreas.

Mi sentido pésame a todos los sin tocayo que pululan por ahí y sufren con estas bochornosas vicisitudes.

25 de febrero de 2011

Recordando al “Loco del Colmillo” gracias a Vonnegut.

Yo creo que todos quienes han vivido en barrios populares, conocen de cerca a algún personaje callejero que rondaba sus vidas y sus casas. Un sujeto que vive por las inmediaciones de su vecindario, que se hospeda en los techos o antejardines de los vecinos y pide una moneda para un pan a todo quien se le atraviesa. Estos sujetos son característicos, porque con el tiempo los vecinos dejan de sentir por ellos miedo o repudio, y se convierten en integrantes de la cuadra o barrio que cuidan carros, limpian fachadas o sacan basura por unas cuantas monedas.

Yo no fui la excepción, pero a diferencia de los vecinos que dejan de lado el horripilante aspecto de estos particulares sujetos andantes, sin familia ni pasado, para hablarles amablemente; siempre sentí por ellos miedo. La razón: Cuando se es niño un “loco” como le llamábamos en mis años de infancia a los gamines, era el hombre que llegaría a recogernos y echarnos en su apestoso costal, si no nos comíamos la comida o si hacíamos una pilatuna.

En el barrio de mis abuelitos, donde viví por muchos años, hubo “locos” que atormentaron mi vida durante la niñez. Almas en pena ambulantes que se instalaron cerca al edificio de los viejos y atormentaban mis cenas cuando me servían repollo o sopa de ahuyama. Uno de ellos, era el Loco del Colmillo y lo recordé apenas hasta hace poco, cuando vi una imagen de un escritor que guardaba con él un parecido impresionante.

                                                   Éste señor y Loco del Colmillo, son igualitos

Me acuerdo del Loco del Colmillo. Un hombre alto y flaco que deambulaba por las calles del centro de Bogotá, con un costal inmenso lleno de cuanta cosa encontraba; el Loco escarbaba basuras, y –en efecto- cuidaba carros. Constantemente se le veía caminar sin rumbo de arriba abajo y hablando solo. Supongo que olía bóxer o consumía alguna sustancia alucinógena. El Loco del Colmillo era un hombre de aspecto desastroso, no tenía dientes, tan sólo un colmillo que posaba solitario en su lúcida encía. Siempre andaba en harapos y su cabello era una especie de maraña crespa, con algunos enredos parecidos a una rasta, en donde –creo- habitaban toda clase de piojos y ladillas. Como todos los locos de barrio, le sonreía a toda alma de buen corazón que le diera un poco de comida o monedas, cuidaba los carros de los tíos que visitaban a mis abuelos, y recogía cartones y botellas que encontraba en las bolsas de basura. El problema del Loco del Colmillo, era el temor que nos infundía por él mi abuelo Camilo, un viejito cascarrabias que no soportaba que habláramos en la mesa, y detestaba ver que por resabios, sus numerosos nietos no se comieran todo el almuerzo. El abuelo Camilo siempre nos dijo que de no comer o portarnos mal, le avisaría al Loco que pasara por nosotros y nos llevara en su maloliente costal a su suerte. Al dejar comida en el plato, estaríamos destinados a vivir en el enjambre de fique que el hombre con un colmillo cargaba en la espalda, y correríamos la suerte de varios niños que por melindrosos, terminaron en sus redes.

Ante esta inapelable decisión, en las tardes de juegos, mis primos y yo nos acercábamos a la ventana a ver andar al loco aquel. Imaginábamos a los pobres niños caídos en desgracia e ingeniábamos la forma de evadir las comidas que no nos gustaban sin que el abuelo Camilo se enterara. Algunas veces, cuando llegábamos al edificio, el Loco se acercaba y saludaba a nuestros progenitores con una amable sonrisa, enseñando su solitario colmillo, amarillento y sarroso, y pedía una moneda. De inmediato, nos escondíamos detrás de las piernas de mamá, papá o quien estuviera cerca, aterrorizados por el encuentro cercano con el particular habitante de la cuadra. Gracias al simpático loco, los carros estuvieron seguros en el vecindario, disminuyó el robo de espejos, radios y rines en las constantes visitas que recibían mis abuelos. Ya todos sabían, que estaban a salvo mientras se le dieran al maloliente Loco unos cuantos centavitos.

Unos años más adelante, cuando yo tenía unos ocho años, supe que el Loco del Colmillo murió una noche apuñalado, en una calle cercana al edificio de mis abuelos. Nada se supo, nadie vio nada, nadie lo auxilió; tan sólo se corrió el rumor por el vecindario. Murió en las grises calles del centro, de una Bogotá de madrugada en que sólo se escucha el estruendo del ladrido de los perros y la vida de un gamín a pocos importa. Mis abuelos y vecinos no se sorprendieron con el rumor y su evidente ausencia que corroboraba lo dicho; era el destino de uno de esos sujetos que deambulan por las calles a diestra y siniestra. Mis primos y yo descansamos al saber que podríamos dejar la sopa de verduras. –Al menos- ya no seríamos llevados en el andrajoso costal que por años atemorizó nuestras cenas el Loco del Colmillo y mi abuelo tendría que inventar otro cuento. Nadie lo extrañó, salvo los dueños de los carros que ahora sufrirían por los artilugios de sus automotores.

Años más adelante, volví de nuevo a vivir en la misma casa de mi infancia, ya sin abuelo y la compañía matriarcal de mi abuela, la tierna viejita de buen genio que jamás me amenazó con llevarme al costal del Loco. Fue allí donde hace unos años me topé con un escritor con el cual me sumergí en sus interesantes letras y se convirtió en uno de mis favoritos: Kurt Vonnegut. Me sorprendí cuando gogleé su nombre para saber más sobre aquel genio, y al ver una foto suya en Wikipedia, recordé entonces a aquel Loco del Colmillo que vivió en este barrio años antes. Vonnegut murió hace poco, cuando resbaló en el piso de su apartamento en Manhattan, al menos no tan trágico como el Loco y con un legado por recordar. No pensé que fueran tan parecidos, y que dos sujetos tan distintos compartieran una fisionomía casi igual. Sé que existen hombres muy inteligentes y cultos, verdaderas lumbreras que por malas decisiones han dejado de lado una vida llena de éxito, para convertirse en almas solitarias carentes de afecto. No sé si quizás fue el caso del Loco del Colmillo, (porque al menos Vonnegut tuvo algo de suerte) sólo sé que al menos se parece al ilustre escritor gringo, que a diferencia del Loco, ameniza mis ratos libres, mientras leo desde entonces, su inigualable sátira.

Paz en su fosa, para el Loco del Colmillo. Paz en su tumba para el señor Vonnegut.

28 de diciembre de 2010

Ya no fuimos nadie.

De entrada, sé que este 2010 no fue cosa fácil, ya son casi 3 los meses en que no escribí aquí ni una sola línea; un año más bien flojo y perezoso en lo que aquí a la suscrita, respecta. Este año cerró con broche de oro; el país se inunda bajo las inclementes fuerzas de la naturaleza y me arruinó mis vacaciones al parque Tayrona que con tanta anticipación organicé, aunque no por todo dejé de pasarla bien, mientras veía la lluvia caer en las bonitas playas del Caribe. No fueron muchos los logros y el éxito se presentó de a poquitos, como si lo tuviera que saborear en cómodas cuotas. A veces pienso que en medio de todo, la L de loser se atenuó un poco más en mi frente. Se va el 2010 y quedo en las mismas, con ganas de iniciar nuevos proyectos, hasta cambiar de profesión, y obviamente seguir alimentando este lugarcito que tantas cosas agradables me ha traído. No hay que ser desagradecido, darle vida a esta pendejada de diatriba que surgió una noche de insomnio resultó un remedio infalible contra el ocio.
Y ya se está volviendo costumbre escribir una entrada de despedida de fin de año, procedo a hacerla. Sé que les importa un bledo lo que suceda en mi aburrida vida, pero no teniendo más en la cabeza, este es un recuento lisonjero de este año que se va en la vida de su humilde servidora.

En este 2010:
No conseguí un nuevo trabajo; hice nuevas amistades; bañé por primera vez al gato; salí de Bogotá muy pocas veces; tuve tres psiquiatras nuevos; leí a Florence Thomas y sus “conversaciones con violeta”; me volví a endeudar; batí récord en gripas; boté 3 celulares; me vacunaron del tétano; me reportaron en Datacrédito; compré otro computador; me mandaron a la mierda; mandé a la mierda; empecé tratamiento de ortodoncia; pasé de chiripa al taller de cuento; dije cuantos pares eran tres moscas; mentí de la forma más sutil; tuve mi primera entrevista de trabajo; leí muchos libros; me reencontré con viejas amistades; perdí bonitas amistades; escribí muy malas cosas; empecé un diplomado; llené de virus el computador; se me hizo tarde casi todas las mañanas; eché a mi papá de la casa; emborraché por primera vez a mi primo, el santurrón de la familia; volví a ver a un viejo amor; me disfracé de Betty Boop; volví a fumar; dejé de escribir en el blog; empecé clases de francés; perdí buenas oportunidades; abrí cuenta en Twitter; fui gratis a la feria del libro dos veces; se me dañó el televisor gordito y el DVD; cambié de habitación; salí de pelea con la música y con la literatura; me estoy reconciliando con ambas; escribí; me robé varios libros con o sin querer; olvidé cumpleaños y celebraciones; comprobé otra vez que no puedo con las masas; me morbosearon; morboseé; caminé sin rumbo; perdí contactos; fui a un encuentro de egresados de la universidad; me cobraron plata que debía cuando estaba en el colegio; me insolé y quedé alumbrando; no terminé de leer Rayuela; probé los mejores mojitos del mundo hechos por un argentino; me echaron los perros; me enamoré de Lolita y de Navokob también; perfeccioné mi inglés pero me fue mal en el examen; no llegué a dormir a la casa; boté plata de forma estúpida; dejé el hábito de leer el periódico todos los días; dejé libros sin terminar; releí otros; me volví más insensible; quedé mal; no ahorré dinero; escribí entradas para el blog que nunca me atreví a publicar; perdí mi status Quo; le hice la vida imposible a alguien; descubrí cosas paila en la familia; di mi primera clase; conocí en Facebook a algunos blogueros; tuve acné como una adolescente; me bebí un vino de reserva y que conservaba cuidadosamente; di malos consejos; acampé; denuncié abusos y escribí sugerencias; tuve emociones fuertes; fui buen y mal ejemplo; compré una cama semidoble; perdí tiempo; no hice nada; sentí la decadencia a flor de piel; me gustó; extrañé el blog; encontré la forma en que me voy a gastar mis cesantías; contemplé irme de niñera a EEUU ¿? ; no puse para la vaca; tomé antidepresivos; me trataron mal; me echaron flores; caminé por el Chorro de Quevedo hasta el amanecer; me traicionaron; traicioné; salí de juerga con mis primos como hacía años no lo hacía; me nombraron madrina de un matrimonio; le cogí fastidio al atún, a los huevos de codorniz y a las aguas aromáticas; tomé licor legal con sospechas que era adulterado; no me vi la teletón porque en otro canal estaban dando una buena película; voté por Mockus; jugué a la lleva; fui al homeópata y me hicieron acupuntura; pedí perdón varias veces; dije mil veces h-i-j-u-e-p-u-t-a; leí sus blogs; no comenté; me separé de mi prima con la que vivía; renuncié por completo a la carne roja; fui maquiavélica; compré un libro de cocteles; escribí algunos sueños; me pusieron gafas; me subí a un bus sin pagar; y a Transmilenio también; mi autoestima no subió; leí por fin completo "cien años de soledad"; salí corriendo detrás de alguien; me dejaron plantada; dejé plantado; me invitaron a un concierto de Bomba Estéreo y me gustó; me corté el pelo sólo una vez; regalé cosas viejas; no me cambié de casa; perdí apuestas; me hice la loca; fui sincera aunque doliera; me corcharon varias veces; pensé que estaba loca; nunca me pinté las uñas; conocí el famoso Full 80´s y me tumbaron allá; estuve en antros de mala muerte y la pasé bien; escribí un artículo sobre feminismo con una profesora de la universidad; fui lambona a mi conveniencia; …Y sufrí de una inexplicable pereza mental durante todo el año.

Pero que hijuemadres, ya llegará el 2011 que espero sea mejor, pues a pesar de mi ineludible repudio a las supersticiones, el 11 es mi número de la suerte. Así que el 31 me pondré cucos amarillos, comeré las 12 uvas, saldré por toda la cuadra con maletas y rellenaré con lentejas y monedas todos y cada uno de los bolsillos de mi indumentaria, para ver si en el año que viene mejoran más las cosas y el santísimo me hace el milagrito de vivir mejores experiencias para poder contárselas. No siendo más por este año lectivo, no me voy sin despedirme y desearles un feliz año a todos los que leen estas superfluas letras y acompañaron mi inconstante actividad bloguera.

Como aviso parroquial, no hay que olvidar que hay compatriotas que no puden celebrar con júbilo estas fechas; se convirtieron  en víctimas de este torrencial invierno que jodió a el país entero y lo perdieron todo. Mi invitación es a cooperar en la noble causa, esta vaina se nos salió de las manos.

Nos reencontraremos el otro año, y espero, con más disciplina.

¡Felices fiestas!

3 de octubre de 2010

Látigo, látigo, látigo.

Buenas noches mis queridos lectores. Volví después de unos largos meses de ausencia sin justificación. No vayan a pensar (por el título del post) que mi abandono bloguero se dio por una alienante inmersión en el mundo del  sadomasoquismo del que no podía huir, y que me tuvo aprisionada buscando placeres lascivos y cosas de esas. (De ser así, poco o nada debería importarles) No. El Látigo, látigo látigo es porque hace poco me acordé de un popular programa del cual yo era telvidente fiel, y se llamaba "las Marías" que trataba sobre las diferentes situaciones que una monjitas chocolocas vivían en un convento y solían utilizar la frase que da el título a mi entrada, cuando algo se les salía de los cánones de su Status Quo. Entonces, decidí robarla. Tampoco es que me haya inclaustrado en el convento de las madres Carmelitas, no, sólamente vengo a dar unos latigazos de regreso; porque llegué así después de unos meses sabáticos y porque como no tengo quién me escuche, decidí hacer una catarsis en el blog, repartiendo rejo a todo el que se me atraviese. Por ello, y sin más preámbulos, inicio mi sesión de  latigazos, repartiendo fuete ventiao'  a cualquier cosa:


-Látigo, látigo, látigo para la libertad de expresión. Porque cierto ex asesor de campaña, el cual no quiero nombrar, pretendió callar a un reconocido bloguero, argumentando que sus palabras difamaban de su imagen pública. Más de uno ha sido sentenciado a guardar silencio porque lo que escribe no le gusta a alguien. Al demonio a todos esos que quieren callar las palabras, la opinión, las voces de los que se atreven. Látigo a todos los innombrables.

-Látigo, látigo, látigo para el maldito Twitter, del cual despotriqué y hoy soy una víctima más de sus redes. Por cierto, látigo para mí por abrir una cuenta que se llame @ImNightwriter.

-Látigo, látigo, látigo también a ustedes, si se convierten en mis "followres" (aunque deberían hacer el favor).

-Látigo, látigo, látigo para los psiquíatras y psicólogos, que creen que a punta de antidepresivos uno va a poder salir de la mala, mientras miran por la ventana cuando se les habla. Látigo también para las EPS por poner tan malos profesionales, para que se ocupen de los menesteres mentales que son tan importantes.

-Látigo, látigo, látigo para la ley del primer empleo. Porque aún no consigo trabajo desde que me gradué y tras del hecho, la ley ya no me cobijaría por tener más de 25 años para cuando la aprueben (si es que la aprueban). Látigo entonces por no haber estudiado otra cosa.

-Látigo, látigo, látigo porque ya me cansé de darles excusas, de decirles que no sabía qué escribir aquí.

-Látigo, látigo, látigo porque algunos de los contactos de Facebook, me agregan como amigo para luego sacarme o bloquearme. Látigo a mí por idiota, por aceptarlos.

-Látigo, látigo látigo para los que se creen intelectuales porque leen a Paulo Cohelo y a Walter Riso. 

-Látigo, látigo, látigo porque algunos dirigentes no se acuerdan que la constitución del 91 proclama a Colombia como un estado laico y no católico apostólico y romano. Látigo por que no se acuerdan de la libertad de culto.

-Látigo, látigo, látigo para todos los que si supieron qué hacer con sus vidas y yo no.

-Látigo látigo, látigo para los y las que odian al señor Bukowski.

-Látigo, látigo, látigo  para los cristianos que aún cuando sus vidas eran díscolas y perturbadas, hoy se creen mansas palomas en la compañía de Jesús su salvador. Si, como no.

-Látigo, látigo, látigo a la universidad que sólo manda ofertas de empleo a los ingenieros y piden 3 años de experiencia a los recién graduados.

-Látigo, látigo, látigo para mi billetera porque casi siempre está vacía.

-Látigo, látigo,látigo para algunos mojigatos que todavía se sonrojan cuando pronuncian la palabra "sexo".

-Látigo, látigo, látigo para la hijuemadre musa de la inspiración que me quedé esperando y nunca llegó.

-Látigo, látigo, látigo para mí, por abandonar estas letras por enésima vez, y pasar más de dos meses sin subir ninguna entrada. Látigo por los lectores que perdí.

-Látigo, látigo látigo para el sadomasoquismo y el Marqués de Sade.
  
-Látigo, látigo, látigo porque no hay más. Sólo hay látigo pa' repartir.

-Látigo, látigo, látigo porque sí.

Ahora ¿Tiene usted algún latigazo que adicionar?

13 de julio de 2010

¿Quién quiere ser millonario?

Quiero ser millonaria y poder dedicar el resto de mi vida a viajar, hacer mil cosas y no trabajar. Soñaría tener una cuenta en Suiza con quince mil millones a mi merced, y nunca más pensar en dinero, en esos papelitos verdes que corrompen mentes, compran tiempo y vidas enteras. Estoy cansada de trabajar para otros, y aún así, nunca tener plata y depender de lo que diga el bolsillo. No más. Quiero ser millonaria, así en mi vida haya comprado un Baloto.

Si hubiera tenido la suerte de tener esta vida, pero con privilegios sociales, ser estrato 6 y vivir muy bien, creo que igual, con más ganas también hubiera querido serlo; plata llama plata y por lo mismo, más chance de ganar. Tendría dinero de sobra y quizás me mudaría a algún país del primer mundo, como Francia o algo así.

Conozco de humildes asalariados que no ganan más de 250 dólares al mes, pagan arriendo, colegios, transporte, comida, vestuario y mantienen a 4 personas, y aún así gastan $6000 (ó U.S 3) a la semana, apostándole a la suerte de pegarle a 6 números del 1 al 46, y recibir de una vez por todas unos milloncitos para salir de pobre. Conozco también a muchos ricos que no contentos con tener la suerte de ser ricos, (en un país donde la mayoría de la población es pobre) también anhelan el codiciado premio. He llegado a la conclusión, que todo el mundo sueña o al menos ha pensado con ser millonario algún día y no precisamente gracias al famoso show de la tele, y Colombia es muestra de ello.

Y es que a todos nos gustaría tener plata fácil, así, caidita del cielo. Hace unos años, un hombrecito de aspecto desagradable con bajo perfil y horrorosa melena negra, les dio a los colombianos una falsa esperanza. Puso de moda una cosa que se llamaba pirámide y con eso vendió ilusiones de salir de la pobreza tan hijuemadre. Su nombre era David Murcia, y gracias a esto, él logró ser millonario después de que empezó como mensajero. Estaba volviéndose fácil aspirar a ser rico o al menos acomodado. Funcionó por un tiempo hasta que el Estado se percató del dinero así como así que muchos colombianos lograron recaudar y otros a soñar, y mandó a David Murcia tras las rejas. Lección aprendida: No hay dinero fácil, o de lo contrario todos seríamos millonarios de la noche a la mañana.

Ahora resulta que hubo gente de renombre por ahí, que no aprendió la lección que nos dejó Don Murcia y sus pirámides, y encontró otra forma de hacer dinero más fácil aún: aprovecharse de las amargas experiencias de vida producto del conflicto interno. Actualmente, el secuestro, el eterno flagelo que azota la tranquilidad colombiana también resultó una forma efectiva de hacer negocio, si señor. Se está poniendo de moda ganar unos pesos con esto, como si ser secuestrado hubiera valido la pena.

Una de esas víctimas fue la ex candidata presidencial en el 2002 (que para efectos de este post, llamaremos Madame Betancourt), secuestrada en plena campaña por las Farc durante 6 años, y que impactó al mundo entero. Madame, fue la imagen fehaciente de nuestra situación política y de las grandes violaciones a los derechos humanos a las que se veían sometidos los rehenes. En 2008, después de miles de marchas y manifestaciones sociales, fue liberada gracias a una operación militar que ella misma calificó de “perfecta”. La comunidad internacional respiró tranquila, Madame Betancourt era pieza política para los guerrilleros, y ese día dejó de serlo. El jolgorio de sentirse libre quizás, y el retorno a la vida civil, fue el detonante para maquinar una buena coartada. Esos 6 años no se podían quedar así y 730 días después, decidió demandar al estado alegando irregularidades el día de su plagio.

Madame Betancourt, la supo hacer. Se fue para Francia a continuar con su oligarca vida. Actuó con tal cautela que incluso allá la ovacionaron con galardones de paz, como si en manos de ella hubiera recaído alguna acción pacífica, franceses ingenuos. Incluso, alguna vez se difundió el rumor, de que sería candidata para un Nobel de paz, y que de no ser así, al menos lo merecería. ¿Merecerlo? ¿Qué hizo Madame Betancourt después de su secuestro por los demás secuestrados? Nada. Hace menos de dos semanas regresó a Colombia en conmemoración a la efemérides de su libertad y la de otros 15 connacionales más. Su extraña visita tenía doble cara: por un lado seguir llevando la imagen viva del drama del secuestro y por otra, entregar el documento en el que exigiría al Estado quince mil millones de pesos por sus largos años enclaustrada en la selva bajo la custodia de las Farc.

Colombia se aflige, Colombia se conmociona y sobretodo Colombia revira: No es justo que a partir de simples poderes legales de los que hará usufructo, Madame Betancourt quiera manifestar irregularidades baratas jugando no sólo con el dinero de más de 40 millones de personas (en su mayoría pobres) para pagar su indemnización, sino que utiliza su amarga experiencia como marioneta mediática, en vez de servir de herramienta para ayudar a extinguir el secuestro y lograr la liberación de los que aún permanecen allí. Lo peor, es que detrás de ella ya hay otra fila de ex secuestrados, en el mismo camino. Triste.

Hoy, Madame Betancourt pone en público la duda de su demanda, pero la controversia continúa. La Madame parece hundirse en un fango de contrariedades de que desconciertan a los medios y a los colombianos. En unos meses, en las estanterías de las librerías pululará su testimonio impreso, y unos millonarios chequecitos irán a parar a las hambrientas arcas de la familia Betancourt, pues seguramente se venderán como pan caliente. Parece que 6 años en la selva no sirvieron para afianzar el compromiso con la cooperación en pro de un país que busca exterminar su absurdo conflicto interno y por el contrario, los ex secuestrados se están convirtiendo en figuras hipócritas que arremeten de forma brutal contra el sentimiento de la nación, el ejército y sobre todo de nosotros, los ciudadanos de a pie.

Probablemente Madame Betancourt también era una de esas ricachonas que le pedía el favor a su escolta que le comprara el Baloto y no cogía nada. Pero ahora, encontró una forma fácil de ganarlo, y lo mejor, no tuvo que ir a comprarlo, pues se lo tendríamos que dar nosotros.

Definitivamente el mundo es de los vivos, y yo que creía que la única forma de volverme millonaria, era apostándole a los seis numeritos. Pobre ingenua.

***
Actualización: Julio 15/2010:
Madame Betancourt retiró su demanda, pero Colombia tiene 4 nuevos millonarios ex secuestrados: Gloria Polanco, Orlando Beltrán, Jorge Eduardo Géchem y Consuelo González de Perdomo. ¡Felicitaciones! El estado está a punto de quedarse insolvente.

14 de junio de 2010

Primer nobio* ¿Primer amor?

Mi niñez fue una época solitaria como también lo fue la adolescencia. Por eso será que cuando crecí, conocí el amor tarde. No guardo aún muy buenos recuerdos de esas primeras relaciones y primeros besos, en los que el corazón late a mil cuando el chico se acerca, y las manos comienzan a sudar a chorros, mientras se alcanza una extraña cúspide emocional y el conjuro de hormonas -propias de la época- comienzan a hacer de las suyas. Después de estar por unos cortos momentos en las nubes, se aterriza con el corazón hecho pedazos, y –en mi caso- con un complejo de patito feo a cuestas.

Por eso será que cuando de primeros amores se trata, prefiero devolverme 20 años y recordar aquella vez en que probé las mieles del amor con un chico que nunca me besó, ni me dijo que fuéramos novios, ni me hizo sentir un monstrete, y lo mejor: jamás me partió el corazón. El primer amor fue para mí, el chico ese del jardín que cargaba el apelativo de nobio sin su aprobación, pero que me hacía sentir especial, y pude saber lo bonito que podría ser compartir pequeños momentos de infancia, sabiendo que uno le gustaba al chico, aunque en realidad no fuera así. Una experiencia que sólo se vive una vez, y que después, poco experimenté gracias a los casi 12 años en que mis padres castraron las posibilidades al matricularme en un colegio de monjas sólo para niñas, y de donde recibí mi diploma de bachiller y una plaquita de condecoración por antigüedad. Ahora que lo pienso si, fue mucho aguante.

Ese chico al que precozmente llamé nobio, se llamaba Diego. Al igual que yo, cursaba Transición. Tenía 5 años, varicela, ojos verdes y la cabeza rapada. Diego tenía un hermano, Óscar, un año mayor y era hijo del Señor Gómez y la señora Lucy, conocidos de la profesora-directora del jardín y que nos hacían la ruta a Angélica, (mi prima) a mí y a otros dos niños, en su Renault 9 color rojo cereza y eran dueños de un restaurante en el Park Way de Bogotá, que todavía sobrevive tal cual como en los inicios de los años 90.

Recuerdo que Diego y Óscar, los hermanitos Gómez estaban "enamorados" de nosotras y el sentimiento era mutuo. Desde el principio (según mis vagos recuerdos) él decía que yo era su nobia e intentaba cogerme con timidez la mano en la ruta, jugábamos juntos en el recreo y me daba de sus onces. No había nadie más en ese salón de unos 25 niños, que se interesara por mi paupérrima existencia como Diego lo hacía, ni siquiera mi querida prima.

A Angélica y a mí, mi mamá nos enseñó a leer desde antes de entrar a estudiar y por eso, éramos las más pilas de la clase, y Diego no capaba condecoración y también era de los más listos. Un extraño conjuro, mera coincidencia o simple simpatía y en menos de nada y sin aún recordar bien, yo ya lo creía mi nobio y decía que me gustaba, pero sólo lo sabía Angélica.

Una niña de kínder quería bajarme a Dieguito, se llamba Helena. Ella era morena, de cabello negro y crespo, que siempre usaba medias de lana de colores pastel. Alguna vez le cogió a él la mano y yo los vi tras las escaleras en un recreo; ahí supe por primera vez lo que era una decepción amorosa. Sin embargo, Diego y Helena, no lograron consumar nada, pues Diego seguía aún cogiéndome la mano en el carro y mirándome en las clases mientras nos ponían a colorear mamarrachos en mesas separadas en el salón, y ella estaba en otro curso, con otra profesora y haciendo otras cosas. Una de dos: o Dieguito la sabía hacer y yo era más muy pendeja o de verdad si me prefería a mí.

No necesité decirle nada a Helena para que supiera que Diego era mío; la tierna y primera disputa tácita por un chico estaba ganada. Descubrí que era yo a quien él quería, y que Helena era una buscona porque al final, ella sólo se acercaba a nosotros, para decirle a Angélica que le gustaban sus tenis L.A. Gear nuevos. El chico astuto no sé cómo espantó a la niñita, al tiempo que junto a un amigo y cómplice suyo llamado Gonzalo, cuidaban de nosotras en los recreos, jugábamos cogidos y policías y ladrones con otros niños y nos daban de sus onces. Mientras Oscar, su hermano, llegaba con sus padres a recogernos en las tardes, y Angélica se emocionaba al verle su cabello rubio partido por la mitad, y su uniforme de colegio grande en la puerta del jardín, quitándose a Gonzalo de encima. Yo no sufría por eso, pues disfrutaba de la compañía de Dieguito desde por la mañana.

Llegó el día de mis cumpleaños y mis suegros de ese entonces me regalaron una carterita color blanco y rosa con un bolsillo en el que había estampada una muñequita del mismo color. La tarjeta decía mi nombre con un “De: Diego, Lucy y el señor Gómez”. Ahí creí que era yo quien ocupaba un lugar importante para Dieguito, pues ni aún en el cumpleaños de Angélica, los señores le dieron regalo. Ese privilegio fue sólo mío. Lo de ellos, era una relación más turbia e infructífera. La mía, tenía más futuro.

El día de la clausura final, había un número organizado por los de mi curso, una canción interpretada por todos. Después de un torrencial aguacero, llegó el momento de hacer la presentación final. Dos micrófonos darían el volumen suficiente para que las docenas de padres apreciaran nuestras infantiles voces sincronizadas en una misma melodía. Entonces, Cristina, la profesora, escogió a los chicos que irían al micrófono en la parte de adelante del escenario. En uno de ellos puso a Gonzalo, a un chico cansonsísimo llamado Cristian y a otro que no recuerdo quién carajos era. En el otro, Angélica estaría en la derecha, yo en el centro y a mi lado ¡Diego! Si, mí Diego, el que -obvio- nunca me besó ni me partió corazón. El chico hijo de los señores de la ruta del Renault 9 rojo, dueños de un restaurante del Park Way que todavía existe, que tenía varicela y unos saltones ojos verdes y al que por alguna extraña razón yo consideraba como mi nobio.

Aterrorizada por la magna noticia, salimos al escenario, y en uniforme de gala cantamos la canción. Él, me mira, de cerca me mira, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos. (como diría Cortázar en Rayuela) De repente, siento cómo su diminuta mano busca la mía y la agarra sin pudor alguno, sin importar que estuviésemos frente a un escenario con nuestros padres y detrás de nosotros los chicos del curso mirándonos. Sin dejar de cantar, continuamos con esa mirada de cíclope, sin soltarnos de las manos, agarrados fuerte porque era quizá el último momento, y con una extraña sensación inocente de maripositas chocolocas en el estómago dando vueltas por todo lado. Aún no habían hormonas alborotadas, ni la palabra amor cabía en nuestras mentes. Algo pasajero y hoy sombrío, constituye ese recuerdo del primer nobio, el ingenuo amor de jardín infantil, un sentimiento cálido e inocente que viví cuando apenas empezaba a hacer uso de la razón.

Desde ese día no volví a ver a Diego, pero así conocí esas extrañas emociones irrepetibles que me arrebató la adolescencia, y que tal vez me dejó claro que mas allá de mis traumas posteriores, esa fue quizás mi primera experiencia sentimental,  de la que si guardo un bonito recuerdo. Un sublime sentimiento que en todos despertaría nostalgia.
*Nobio(a): Primer chico o chica de la infancia con el que tuvimos algún tipo de vínculo emocional que se asemejaba a un noviazgo, pero sin los mismos "derechos" reales. De ahí la mala ortografía. (Palabra también vilmente robada a un amigo mío)

17 de abril de 2010

La mente nublada

Estos días no han sido fáciles, mis queridos lectores. Han estado inundados de varias sensaciones de altibajos constantes, dudas existenciales, laborales, filosóficas, literarias, teológicas etc, que no me han permitido poner siquiera una letra aquí. Mi mente ha estado totalmente turbia, nublada, insípida y estéril por razones que aun hoy, 44 días después de la última entrada, trato de comprender. Me he ahogado en pensamientos absurdos, ideas locas, infinidad de dudas, otra cantidad de errores y un buen par de aciertos. He pasado en blanco estos días de receso, sin escribir ni dejar comentarios en los blogs y en parte, apartándome de ese mudo cibernético en el que agonizo; inconscientemente resulté haciendo un alto en el camino y un intento desesperado de organizar mis ideas.

Tengo un ánimo que se mantiene en constante cambio, he llegado a saber qué es la bipolaridad en menos de nada y he tocado la cima de la desesperación. Creí que éste año sería fructífero, se me aclararían las ideas sobre la mentada pregunta de ¿qué voy a hacer con mi vida? He pensado ver psicólogos, psicoanalistas o hasta brujos y/o chamanes para ver si encuentro respuestas a mis existencialismos, pero no he logrado nada. Mi mente no es más que un gran signo de interrogación, manchado, confuso e incomprensible, y mi vida se reduce a simples decisiones que debería tomar y que creo que estoy a tiempo, o tal vez tarde.

No me he ido del todo, no he dejado de leerlos,  por ahí me asomo de vez en cuando a sus espacios y en silencio los leo. Mis escasas palabras llegan al punto de que ni siquiera dejo un comentario. Puedo tener 25 años y habrán en el mundo una cantidad interminable de personas con cosas mucho mas difíciles en qué pensar, pero creo que con lo mío basta y sobra. Cada quién vive los suyo y nadie podrá resolver mis berrinches, así que tendré que hacerlo sola.

Lo malo de estas crísis, es que el lector resulta involucrado en esto, no porque tenga la culpa, sino porque es mala educación dejar el blog ahí abandonado sin muestras de actividad, tal como si su autora se la hubiera comido la tierra. Alguien que al otro lado de la pantalla que llegue aquí, espera encontrar algo; podría imaginarse que aquí se escribía, y que hoy es un terreno baldío y abandonado. Quiero decirle que no es así. No quisiera desertar de esta bitácora, creo que ha traído grandes cosas, pero ténganme paciencia, poco a poco intentaré recobrar mis rutinas, como tantas veces lo he prometido. Tengo a mal contar, unas 20 entradas que he intentado escribir para poner aquí: anécdotas, reflexiones, cartas, comentarios, problemas, soluciones etc. y nada resulta completo porque tengo el gran dilema del inconformismo: nada me gusta o nada me parece.

Reitero en que no está bien no dar señales de vida; algunos me han leído desde mis inicios, y no es justo dejarlos así, pero nunca antes su autora atravesaba por una crisis existencial de tan gran magnitud, donde todo se remonta a un no sé. (Perdón si los aburro) pero creo que es hora de hacer una especie de catarsis para así poder sentirme mejor y continuar dándole vida a este blog.

Hace poco alguien me decía que mantener un blog activo es más difícil de lo que se cree, podrá ser totalmente reconfortante expresar en un espacio virtual varias de las sensaciones de quien detrás de su pantalla escribe estas líneas y todo eso, pero a la vez hay veces en que la cabeza del blogger se nubla, y empiezan a surgir otras prioridades, que no siempre son académicas ni laborales, simplemente existenciales, como es mi caso. Ahí se da uno cuenta, de que si es difícil mantenerlo vivo.

Así que acompañada de una taza de café cargado, vengo a dar señales de humo, con la convicción de que intentaré por todos los medios mantenerme aquí pegada a ustedes. Me siento como si estuviera dándole una charla de auto-superación a un auditorio (que no llenaría más de tres puestos, desde luego) pero necesitaba hacerlo. No todo en la vida es tan chévere y jocoso como debería ser, pero tendremos que seguir adelante.

Voy a seguir cargando mis baterías, a mitigar mis eternos karmas, a despejar mi mente, para que así se me acabe de una vez el nubarrón mental por el que ando. Compréndanme, si no estoy bien mentalmente, y estoy al borde de caer al precipicio existencial, es imposible poner algo coherente en este blog ¿o será que estoy capando manicomio?

Gracias por su eterna paciencia,

Nightwriter.