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8 de junio de 2014

¡Y volver, volver, volver!

Hace 18 meses que no escribo en este blog. Los mismos 18 meses en los que una familia terminó de pagar una nevera; la prima de mi mejor amigo organizó su boda y un ex compañero de trabajo vivió en Australia.

18 es un número que se asocia a la madurez según parece. A los 18 se vota, se puede comprar alcohol y cigarrillos y es legal la sexualidad. En algunas culturas los hijos se van de la casa, y en otras, se casan. 18 es la edad promedio en que los estudiantes entran a la universidad y deciden qué quieren hacer con sus vidas de adultos. En nuestro bien desestructurado sistema de salud, a los 18 los jóvenes ya no van al pediatra sino al doctor, y es la edad legal para trabajar. A los 18 se puede tener por primera vez una cuenta de nómina y aspirar a un crédito bancario. En síntesis, 18 es el número del cambio.

Extraña coincidencia que yo decidiera entonces escribir de nuevo tras 18 meses de ausencia. Pensé en cerrar este blog. Ya no hay mucho por decir y la inspiración se me fue al piso. Mas que complacerme, empecé a sentir la necesidad de complacer a mis lectores, en escribir cosas que fueran interesantes para que volverme popular en el ciberespacio. Soñé con ser bloguera reconocida, leí de casos de éxito que si lo lograron. Quería vivir de esto, de escribir para siempre y que me pagaran, que la gente se ovacionara con mis entradas, que dijeran ¡Oh qué bueno es esto! y que un día, me llamarían de una famosa revista para hacer parte de su staff de columnistas. Pero en todo fallé. Nada de eso pasó.

Cuando abrí esta bitácora en junio del 2008, las primeras palabras que se me pasaron por la cabeza no levantaron el más mínimo interés de ningún desocupado transeúnte. Después llegaron los comentarios y poco a poco fui creciendo y con ello, mis ganas de perseguir mi idea frustrada de ser columnista exitosa. Hoy, 6 años después cambió. Las ideas se fueron y con ellos la gente. Y así mismo, la esperanza absurda de vivir de escribir. Me dediqué al trabajo y en los ratos libres a leer libros. Ya no me importaba escribir aquí; tampoco leer a algunos colegas, ni comentarles sus escritos. Las palabras no fluían igual que cuando empecé; ya no tenía un mecenas y decidí guardar mis opiniones en la cabeza.

Sin embargo, un día de aburrimiento se me dio por pasar por acá, leer mi última entrada y suprimir para siempre las opiniones desocupadas...ya no tenía sentido mantener un espacio que no uso, pero curiosamente me arrepentí. Antes había pensado algunas veces en retomar pero tuve temor que se me volvieran a esconder las ideas; pero hoy llego el momento. Sé que ya no es lo mismo. La gente ya no lee blogs, todo está a la mano en Twitter o quizás en Facebook y si no, alguna foto lo explica fácil en Instagram.

Aún así, ya no me interesa complacer a nadie, y poco me importa la calidad de mis textos. En estos 6 años y varios cursos de escritura encima, me di cuenta que lo mío no es precisamente escribir cuentos, poesías, ficción ni crónica. Lo mío es procrastinar con un teclado, algo más desesperanzador. Son letras que llegan intempestivas, sin avisar y sin importar si estoy en la actitud de escribir o no. A veces, surgen en la mitad de un Transmilenio lleno de las 5 de la tarde, o en medio de una cerveza un viernes en la noche. Y ahí, sólo salen y ya; sin categoría ni horario. Tal vez por eso cuando me dan ganas de teclear y lo hago, no es como se esperaba y creo que por eso nunca  me llamarán de la revista, ni me entrevistarán en una emisora por mi éxito. Toda ambición se fue, ya no seré famosa; finalmente eso ya no importa. Así que tal vez, ya cumplí los 18 años -los de la "madurez mental"- en materia de escritura.

Hoy después de tanto tiempo, debo reconocer que este blog me ha dejado grandes cosas: letras, amigos, recuerdos, experiencias y mucha, mucha procrastinación. Cosas inmateriales pero suficientes para sentirme satisfecha y decidir darle una segunda oportunidad. Quiero (intentar) retornar y llegó la hora. Soy una guerrera -de esas tan comunes- derrotada en el inmenso campo de la hoja en blanco, pero que hoy va a librar una nueva batalla. Muchos lo han intentado sin éxito; otros pese a las situaciones, deciden seguir. Así que como ellos, seguiré. No prometo calidad, ni tampoco cantidad, pero esa será la excusa para retornar sin tapujos ni temores.

Hoy me reencontré con este rincón y con él se alimentaron de nuevo las esperanzas que espero duren.

Mientras tanto, el hijo de otra amiga cumple 18 años y ya tiene cédula para votar este domingo; el compañero de trabajo se fue a hacer una maestría en Francia hace 6 meses; y la familia que compró la nevera sacó un crédito hipotecario a 15 años. Cifras irrelevantes, pues después de los 18, los 30 son otra época crucial en la vida. Espero no tener que esperar con la hoja en blanco 30 meses más, porque entonces esa vez me rendiré y ahí si tendré que irme para siempre. Si vuelve a haber un 30 para esperar en el corto plazo, serán los años que estaré por cumplir en unos meses, no de esperar por otra entrada en el blog.

4 de enero de 2012

Un 2011 como babas de tonto.


Se acabó por fin el 2011. Gracias al altísimo que así fue, porque por estos lares fue muy malo y poco fructífero. Muchas crisis existenciales, emocionales y económicas, pocas oportunidades y momentos agradables; escasas cosas nuevas y más de lo mismo; muchos libros abandonados y exiguas letras escritas; numerosos amigos distanciados y poca gente nueva; reducidas ideas, raras entradas en el blog, pero incontables tuits... cosas que, haciendo un balance de pérdidas y ganancias, como los contadores y financistas, arroja una ineludible bancarrota.

Y es que así son las cosas, como un balance financiero. Una vaina aburrida que siempre habrá que mirar con detenimiento, fijarse dónde está el problema y dónde puede solucionarse. Las cuentas nunca cuadran, y ese siempre será el reto; emparejarlas y dejarlas iguales para mirar con optimismo las ganancias y agarrase de ellas para evitar las pérdidas. Medirlas, analizarlas y digerirlas y para allá dirigir los recursos para que las cifras negativas se reduzcan. Evaluar, sacrificar e invertir, optimizar los recursos y apalancar las cifras negativas para no dejar caer las positivas. Reducir costos, aumentar utilidades, de eso se trata la lucha de cada 365 días y que comienza con 12 uvas, unos cucos amarillos y una copa de champaña.

No voy a contar a fondo cómo fue mi 2011 como lo hago todos los años, porque casi no me acuerdo. Fue insulso y simple, como las babas de tonto que muy seguramente todos hemos probado y el que no, que lance la primera piedra y de fe de ello. Por si algo: Simple, aburrido y poco interesante. El destino me debe aún muchas cosas y no me alcanzan los 355 días que -según los mayas- tenemos para hacer lo que nunca hicimos.  

Decidí entonces no esperar nada del 2012. El 31 a las 12 me comí un sinfín de uvas, todas sin deseo, y me bebí algunos tragos de unas cervezas en lata que habíamos aprovisionado los poco creyentes en agüeros que resolvimos tomarnos con sutileza el cuento del año nuevo. Que sea lo que los mayas quieran, porque finalmente después de tanto esperar no obtuve gran cosa y creo que ya no estoy para esos trotes de tener tanta fe en que de un día para otro la vida va a cambiar (a menos que me gane un baloto) y que todo va a ser color de rosa. Eso sí, prometo, como hace unos días los hicieron una cantidad de políticos, confiar en que voy a escribir con constancia para al menos mantener el hábito (hábito que desaprendí con rapidez debido a tantas cosas estúpidas en la cabeza y bla bla bla...)  para que este blog recobre la vida activa que alguna vez tuvo o decidirme entonces a cerrarlo para siempre. 

Porque así no se puede. La inconstancia me está matando. Porque pasar la vida sin encontrarle sentido a las cosas no tiene sentido, porque el caos siempre seguirá siendo caos, aún cuando se piense que hay un orden de ese caos; y sin embargo seguirá pasando el tiempo. Lo más duro de este año que acaba de pasar, fue que me di muy duro contra el muro, me caí demasiadas veces y no logré levantarme casi de ninguna. Al final sólo queda (como dijo un sabio futbolista por ahí) un sin sabor amargo.  He leído tantas cosas positivas de la gente que culminó este 2011 que estoy por pensar que el niño Dios de seguro les trajo un kit de superación de Jorge Duque Linares, o que tal vez la única que tuvo algo de sal encima fui yo. Pero ya qué, ya me di cuenta que las uvas de la media noche, las lentejas en el bolsillo, las espigas por la casa, la vuelta a la manzana con maletas, los cucos amarillos y la copa de champaña, no sirven más que par dar consuelo de que lo que no se pudo, va  a poderse.

Así a que mis queridos amigos, seguramente no van a cambiar sus vidas de la noche a la mañana y quizás tampoco se acabe el mundo el 21 de diciembre de este año. Vamos a tener más treinta y unos de diciembre para seguir inventando agüeros y estrenar pinta de pies a cabeza. Que sigan diciendo que sí van a dejar el trago y brinden con una copa de aguardiente en la mano y una de champaña en la otra y resulten borrachos botados en el sofá de la casa de la abuela; que esos kilos de más seguirán siendo kilos de más porque no resistieron a la tentación de comer esa lechona grasosa, con pellejo tostado y sabroso que nadie deja en el plato y se atrevieron a repetir; y que muy seguramente esas lentejas guardadas en su ropa les irá a dejar un reguero de granos por todo su armario durante un año. Porque hay excusas para creerlo: Los Mayas dejaron de existir hace mucho y no todo lo que dicen es confiable, porque el calendario gregoriano está corrido no sé cuántos años, porque Jesús aun no ha regresado a la tierra, porque en el Apocalipsis no dice nada del 2012, porque la ciencia asegura que no hay razón aparente que cause más que un solsticio el 21. Pero Discovery, History y Nat Geo seguirán pasando programas apocalípticos que seguirán atemorizando a los ciudadanos de a pie como usted o como yo, que hará cuestionarnos si nos gastamos los ahorritos y renunciamos al trabajo porque ya para qué seguir esclavizado, o si seguimos como siempre. Porque la perspicacia humana para formar el caos continuará existiendo hasta el final de los días que muy seguramente será cuando menos lo imaginemos, y  acabará esta payasada de una vez por todas y sin darle tregua a nadie.

Mientras tanto, será disfrutar. Hacerle el amor al 2012 y pensar en que si ya no fuimos nadie es porque ya no fuimos nadie. No habrá uva poderosa o espiga valerosa que cambie lo contrario. A ustedes espero leerlos como antes y a mí, espero volver a escribir en este blog como antes. Gracias por pasarse por acá y leer estas flojas letras que ya, como todo, no son como antes.

23 de mayo de 2011

Dime cómo te llamas y te diré quién eres

—¿Cómo es su apellido? —Le pregunté a cierto muchachito, para un asunto de trabajo.
—Trochez, —respondió incómodo.
—¿Trochez? ¿Con Z?— pregunté con ignorancia.
—Si.
¡Vaya! qué apellido más extraño. Nunca lo había escuchado, pensé. —¿Y su nombre?
—Lothar Andreas.
—¿Cómo?
—Lothar Andreas.
—¿Cómo se escribe?
—L-O-T-H-A-R... —Respondió en medio del bochorno de sus rojas mejillas.
—Perdón, ¿de dónde es ese nombre?
—Alemán, así se llama el jugador favorito de (no recuerdo qué deporte raro) de mi papá.
—Ah, ya.

Podrá ser un buen deportista el tal Lothar Andreas, pero de ahí a que el pobre chino con pinta innegable de sudaca, se llame así, pobrecito. Con ese nombre ya tiene para que se la monten un rato. Pensé.

Silencio incómodo. Continúo mis labores haciendo de cuenta que nada pasó.

Todos hemos conocido alguna vez a alguien que probablemente no tenga tocayo, ese sujeto único en el salón de clases o en la oficina, el del nombre raro que hasta se ve ignominioso en el Facebook, gracias a la creatividad de sus padres a la hora de registrar a su hijo.
Sus nombres, por curiosos, despiertan risas, apodos y confusiones en los ámbitos en los que se mueven. Y es que el —¿cómo te llamas?— es el rótulo que puede decir en realidad de dónde se viene o quién se es; por eso lo considero como una decisión que se debe tomar con suma prudencia. Es preferible tener el nombre más repetido del listín telefónico, que llevar a cuestas una combinación extraña de letras, o cierto híbrido extranjerizado, que poco o nada haga juego con el apellido latino y lo haga quedar a uno en ridículo cuando le toque decir su nombre frente a todos.

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Más que a los desafortunados dueños de esos nombres raros, mi llamado de atención iría para los padres que se las dan de creativos frente al notario. Si yo le pongo a mi hija Usnavy, la podrìa condenar al escarnio público: Niños burlones en el colegio o compañeros creativos que le montan apodo a sus espaladas. Con ese nombre la doblego a no triunfar, o al menos no mucho. No es por discriminar, pero son muy pocas las personas exitosas con nombres desastrosos. Es más fácil apuntarle al éxito llamándose Andrés o María, que Jheyson Daryani o Yamiris Dileth. En algunos países han intentado implantar decretos en los que se prohíbe a los padres colocarle a sus hijos nombres que atenten también contra ellos. Nada de  Napoleón Enrique ni Hitler Mauricio. Me parece justo, si yo fuera Farcep Hernández -por ejemplo-, demandaría a mis padres por atentar contra mí dignidad poniéndome así.

El mundo globalizado está poniendo de moda no sólo las grandes marcas como nombres propios, sino también la adopción de nombres extranjeros, que, combinados con apellidos criollos quedan algo histriónicos. Así, no es difícil encontrar a varios Bruce, Gokú, Disney, Britney, y otro sin fin de extranjerismos ó marcas. Sé que por ejemplo, ya hay algunos muchachitos bautizados Barack Fernando Rodríguez, y no faltará la Mercedes Benz González o cosas así.

Esas ganas altruistas de dárselas de internacionales los hacen quedar como objeto constante de comentarios (los pobrecitos se vuelven también inolvidables cuando se les tiene de compañeros no precisamente por su personalidad arrolladora). Algunos padres creen que con ponerle a su hijo un nombre extraño, se verán con más clase y estilo. No señores, están muy equivocados. Al contrario de lo que piensan, este tipo de personajes suelen ser asemejados como típicos integrantes de clases populares. Sí, suena discriminatorio, pero es precisamente el efecto contrario lo que sus creativas mentes pueden llegar a causar en el muchacho. Aparte de convertirse en un problema permanente cuando les pregunten su nombre en una entrevista, o los mencionen en la lista del colegio, se someten a la burla frecuente, al escarnio.

Me puse en la tarea, y encontré estas “bellezas” (descabecé una veintena más)en la lista de un colegio, que aunque no sean marcas, sus nombres despertaron en mí, cierta curiosidad :

-Yoor James
-Brayan Stick
-Yohudi Straiker
-Charles Jefferson
-Maycon
-Lubián Andrey
-Jarbinzon Arcenio
-Hertson Esneider
-Bayron Yusef
-Josman Haeth
-Jhonbleider
-Fransiney.

¿Brayan Stick? ¿Charles Jefferson? ¿Será la lista de un colegio en Marte? ¿Qué quieren demostrar los papás, bautizando a los niños así? ¡Por Dios!.

Mi intención aunque no lo crean, no es juzgar a nadie por como se llame, hasta allí no llega mi grado de intolerancia. El problema es que no logro entender por qué hoy en día, la gente, por tirárselas de moderna, creen que tendrán mejor estatus si sus retoños tienen un nombre que se escribe con las letras menos usadas del abecedario, o que son víctima de una fórmula híbrida entre el inglés, el español y los nombres de moda de ambos lados del hemisferio o de alguna lengua exótica. Es extraño cómo la creatividad se aprovecha de los procreadores justo cuando están frente al registrador para hacer el documento que dejará de por vida al chinito llamado de esa forma, y que muy probablemente él va a odiar. Sé también que cada quien es libre de ponerle a su hijo como se le venga en gana, pero ¿no es un poco injusto ponerse a jugar con la dignidad del pobre chino, con unos nombres que hasta a ellos mismos les cuesta un trabajo enorme escribir? No imagino al pobre Yohudi Straiker en el jardín infantil, tratando de escribir su nombre, llorando porque es muy difícil hacerlo, mientras la pobre maestra le enseña con paciencia a hacer las letras raras que aún no han visto en la cartilla.
Gran hazaña. Sólo a unos padres dementes se les ocurre poner al chino en esos pereques.

Sería también difícil que algún día el presidente tenga por nombre Brayam Harney, o que nuestro próximo Nobel de literatura se llame Neydert Efrén. Dime cómo te llamas y te diré quién puedes ser. O más bien, dime cómo te llamas y te diré quiénes son tus procreadores. ¿No les dará pena atentar así contra el autoestima?
Señor papá de Lothar Andreas. ¿No le parece exajerada su afición por yonosecuál jugador alemán, como para que su hijo tenga que aguantarse semejante chicharrón?

Gracias al Altísimo que mis padres al menos rayaron en lo común y no cayeron en el horror de bautizarme con un nombre extraño e impronunciable; tuvieron conciencia, y por suerte no sufriré por eso, como el pobre Lothar Andreas.

Mi sentido pésame a todos los sin tocayo que pululan por ahí y sufren con estas bochornosas vicisitudes.

25 de febrero de 2011

Recordando al “Loco del Colmillo” gracias a Vonnegut.

Yo creo que todos quienes han vivido en barrios populares, conocen de cerca a algún personaje callejero que rondaba sus vidas y sus casas. Un sujeto que vive por las inmediaciones de su vecindario, que se hospeda en los techos o antejardines de los vecinos y pide una moneda para un pan a todo quien se le atraviesa. Estos sujetos son característicos, porque con el tiempo los vecinos dejan de sentir por ellos miedo o repudio, y se convierten en integrantes de la cuadra o barrio que cuidan carros, limpian fachadas o sacan basura por unas cuantas monedas.

Yo no fui la excepción, pero a diferencia de los vecinos que dejan de lado el horripilante aspecto de estos particulares sujetos andantes, sin familia ni pasado, para hablarles amablemente; siempre sentí por ellos miedo. La razón: Cuando se es niño un “loco” como le llamábamos en mis años de infancia a los gamines, era el hombre que llegaría a recogernos y echarnos en su apestoso costal, si no nos comíamos la comida o si hacíamos una pilatuna.

En el barrio de mis abuelitos, donde viví por muchos años, hubo “locos” que atormentaron mi vida durante la niñez. Almas en pena ambulantes que se instalaron cerca al edificio de los viejos y atormentaban mis cenas cuando me servían repollo o sopa de ahuyama. Uno de ellos, era el Loco del Colmillo y lo recordé apenas hasta hace poco, cuando vi una imagen de un escritor que guardaba con él un parecido impresionante.

                                                   Éste señor y Loco del Colmillo, son igualitos

Me acuerdo del Loco del Colmillo. Un hombre alto y flaco que deambulaba por las calles del centro de Bogotá, con un costal inmenso lleno de cuanta cosa encontraba; el Loco escarbaba basuras, y –en efecto- cuidaba carros. Constantemente se le veía caminar sin rumbo de arriba abajo y hablando solo. Supongo que olía bóxer o consumía alguna sustancia alucinógena. El Loco del Colmillo era un hombre de aspecto desastroso, no tenía dientes, tan sólo un colmillo que posaba solitario en su lúcida encía. Siempre andaba en harapos y su cabello era una especie de maraña crespa, con algunos enredos parecidos a una rasta, en donde –creo- habitaban toda clase de piojos y ladillas. Como todos los locos de barrio, le sonreía a toda alma de buen corazón que le diera un poco de comida o monedas, cuidaba los carros de los tíos que visitaban a mis abuelos, y recogía cartones y botellas que encontraba en las bolsas de basura. El problema del Loco del Colmillo, era el temor que nos infundía por él mi abuelo Camilo, un viejito cascarrabias que no soportaba que habláramos en la mesa, y detestaba ver que por resabios, sus numerosos nietos no se comieran todo el almuerzo. El abuelo Camilo siempre nos dijo que de no comer o portarnos mal, le avisaría al Loco que pasara por nosotros y nos llevara en su maloliente costal a su suerte. Al dejar comida en el plato, estaríamos destinados a vivir en el enjambre de fique que el hombre con un colmillo cargaba en la espalda, y correríamos la suerte de varios niños que por melindrosos, terminaron en sus redes.

Ante esta inapelable decisión, en las tardes de juegos, mis primos y yo nos acercábamos a la ventana a ver andar al loco aquel. Imaginábamos a los pobres niños caídos en desgracia e ingeniábamos la forma de evadir las comidas que no nos gustaban sin que el abuelo Camilo se enterara. Algunas veces, cuando llegábamos al edificio, el Loco se acercaba y saludaba a nuestros progenitores con una amable sonrisa, enseñando su solitario colmillo, amarillento y sarroso, y pedía una moneda. De inmediato, nos escondíamos detrás de las piernas de mamá, papá o quien estuviera cerca, aterrorizados por el encuentro cercano con el particular habitante de la cuadra. Gracias al simpático loco, los carros estuvieron seguros en el vecindario, disminuyó el robo de espejos, radios y rines en las constantes visitas que recibían mis abuelos. Ya todos sabían, que estaban a salvo mientras se le dieran al maloliente Loco unos cuantos centavitos.

Unos años más adelante, cuando yo tenía unos ocho años, supe que el Loco del Colmillo murió una noche apuñalado, en una calle cercana al edificio de mis abuelos. Nada se supo, nadie vio nada, nadie lo auxilió; tan sólo se corrió el rumor por el vecindario. Murió en las grises calles del centro, de una Bogotá de madrugada en que sólo se escucha el estruendo del ladrido de los perros y la vida de un gamín a pocos importa. Mis abuelos y vecinos no se sorprendieron con el rumor y su evidente ausencia que corroboraba lo dicho; era el destino de uno de esos sujetos que deambulan por las calles a diestra y siniestra. Mis primos y yo descansamos al saber que podríamos dejar la sopa de verduras. –Al menos- ya no seríamos llevados en el andrajoso costal que por años atemorizó nuestras cenas el Loco del Colmillo y mi abuelo tendría que inventar otro cuento. Nadie lo extrañó, salvo los dueños de los carros que ahora sufrirían por los artilugios de sus automotores.

Años más adelante, volví de nuevo a vivir en la misma casa de mi infancia, ya sin abuelo y la compañía matriarcal de mi abuela, la tierna viejita de buen genio que jamás me amenazó con llevarme al costal del Loco. Fue allí donde hace unos años me topé con un escritor con el cual me sumergí en sus interesantes letras y se convirtió en uno de mis favoritos: Kurt Vonnegut. Me sorprendí cuando gogleé su nombre para saber más sobre aquel genio, y al ver una foto suya en Wikipedia, recordé entonces a aquel Loco del Colmillo que vivió en este barrio años antes. Vonnegut murió hace poco, cuando resbaló en el piso de su apartamento en Manhattan, al menos no tan trágico como el Loco y con un legado por recordar. No pensé que fueran tan parecidos, y que dos sujetos tan distintos compartieran una fisionomía casi igual. Sé que existen hombres muy inteligentes y cultos, verdaderas lumbreras que por malas decisiones han dejado de lado una vida llena de éxito, para convertirse en almas solitarias carentes de afecto. No sé si quizás fue el caso del Loco del Colmillo, (porque al menos Vonnegut tuvo algo de suerte) sólo sé que al menos se parece al ilustre escritor gringo, que a diferencia del Loco, ameniza mis ratos libres, mientras leo desde entonces, su inigualable sátira.

Paz en su fosa, para el Loco del Colmillo. Paz en su tumba para el señor Vonnegut.

28 de diciembre de 2010

Ya no fuimos nadie.

De entrada, sé que este 2010 no fue cosa fácil, ya son casi 3 los meses en que no escribí aquí ni una sola línea; un año más bien flojo y perezoso en lo que aquí a la suscrita, respecta. Este año cerró con broche de oro; el país se inunda bajo las inclementes fuerzas de la naturaleza y me arruinó mis vacaciones al parque Tayrona que con tanta anticipación organicé, aunque no por todo dejé de pasarla bien, mientras veía la lluvia caer en las bonitas playas del Caribe. No fueron muchos los logros y el éxito se presentó de a poquitos, como si lo tuviera que saborear en cómodas cuotas. A veces pienso que en medio de todo, la L de loser se atenuó un poco más en mi frente. Se va el 2010 y quedo en las mismas, con ganas de iniciar nuevos proyectos, hasta cambiar de profesión, y obviamente seguir alimentando este lugarcito que tantas cosas agradables me ha traído. No hay que ser desagradecido, darle vida a esta pendejada de diatriba que surgió una noche de insomnio resultó un remedio infalible contra el ocio.
Y ya se está volviendo costumbre escribir una entrada de despedida de fin de año, procedo a hacerla. Sé que les importa un bledo lo que suceda en mi aburrida vida, pero no teniendo más en la cabeza, este es un recuento lisonjero de este año que se va en la vida de su humilde servidora.

En este 2010:
No conseguí un nuevo trabajo; hice nuevas amistades; bañé por primera vez al gato; salí de Bogotá muy pocas veces; tuve tres psiquiatras nuevos; leí a Florence Thomas y sus “conversaciones con violeta”; me volví a endeudar; batí récord en gripas; boté 3 celulares; me vacunaron del tétano; me reportaron en Datacrédito; compré otro computador; me mandaron a la mierda; mandé a la mierda; empecé tratamiento de ortodoncia; pasé de chiripa al taller de cuento; dije cuantos pares eran tres moscas; mentí de la forma más sutil; tuve mi primera entrevista de trabajo; leí muchos libros; me reencontré con viejas amistades; perdí bonitas amistades; escribí muy malas cosas; empecé un diplomado; llené de virus el computador; se me hizo tarde casi todas las mañanas; eché a mi papá de la casa; emborraché por primera vez a mi primo, el santurrón de la familia; volví a ver a un viejo amor; me disfracé de Betty Boop; volví a fumar; dejé de escribir en el blog; empecé clases de francés; perdí buenas oportunidades; abrí cuenta en Twitter; fui gratis a la feria del libro dos veces; se me dañó el televisor gordito y el DVD; cambié de habitación; salí de pelea con la música y con la literatura; me estoy reconciliando con ambas; escribí; me robé varios libros con o sin querer; olvidé cumpleaños y celebraciones; comprobé otra vez que no puedo con las masas; me morbosearon; morboseé; caminé sin rumbo; perdí contactos; fui a un encuentro de egresados de la universidad; me cobraron plata que debía cuando estaba en el colegio; me insolé y quedé alumbrando; no terminé de leer Rayuela; probé los mejores mojitos del mundo hechos por un argentino; me echaron los perros; me enamoré de Lolita y de Navokob también; perfeccioné mi inglés pero me fue mal en el examen; no llegué a dormir a la casa; boté plata de forma estúpida; dejé el hábito de leer el periódico todos los días; dejé libros sin terminar; releí otros; me volví más insensible; quedé mal; no ahorré dinero; escribí entradas para el blog que nunca me atreví a publicar; perdí mi status Quo; le hice la vida imposible a alguien; descubrí cosas paila en la familia; di mi primera clase; conocí en Facebook a algunos blogueros; tuve acné como una adolescente; me bebí un vino de reserva y que conservaba cuidadosamente; di malos consejos; acampé; denuncié abusos y escribí sugerencias; tuve emociones fuertes; fui buen y mal ejemplo; compré una cama semidoble; perdí tiempo; no hice nada; sentí la decadencia a flor de piel; me gustó; extrañé el blog; encontré la forma en que me voy a gastar mis cesantías; contemplé irme de niñera a EEUU ¿? ; no puse para la vaca; tomé antidepresivos; me trataron mal; me echaron flores; caminé por el Chorro de Quevedo hasta el amanecer; me traicionaron; traicioné; salí de juerga con mis primos como hacía años no lo hacía; me nombraron madrina de un matrimonio; le cogí fastidio al atún, a los huevos de codorniz y a las aguas aromáticas; tomé licor legal con sospechas que era adulterado; no me vi la teletón porque en otro canal estaban dando una buena película; voté por Mockus; jugué a la lleva; fui al homeópata y me hicieron acupuntura; pedí perdón varias veces; dije mil veces h-i-j-u-e-p-u-t-a; leí sus blogs; no comenté; me separé de mi prima con la que vivía; renuncié por completo a la carne roja; fui maquiavélica; compré un libro de cocteles; escribí algunos sueños; me pusieron gafas; me subí a un bus sin pagar; y a Transmilenio también; mi autoestima no subió; leí por fin completo "cien años de soledad"; salí corriendo detrás de alguien; me dejaron plantada; dejé plantado; me invitaron a un concierto de Bomba Estéreo y me gustó; me corté el pelo sólo una vez; regalé cosas viejas; no me cambié de casa; perdí apuestas; me hice la loca; fui sincera aunque doliera; me corcharon varias veces; pensé que estaba loca; nunca me pinté las uñas; conocí el famoso Full 80´s y me tumbaron allá; estuve en antros de mala muerte y la pasé bien; escribí un artículo sobre feminismo con una profesora de la universidad; fui lambona a mi conveniencia; …Y sufrí de una inexplicable pereza mental durante todo el año.

Pero que hijuemadres, ya llegará el 2011 que espero sea mejor, pues a pesar de mi ineludible repudio a las supersticiones, el 11 es mi número de la suerte. Así que el 31 me pondré cucos amarillos, comeré las 12 uvas, saldré por toda la cuadra con maletas y rellenaré con lentejas y monedas todos y cada uno de los bolsillos de mi indumentaria, para ver si en el año que viene mejoran más las cosas y el santísimo me hace el milagrito de vivir mejores experiencias para poder contárselas. No siendo más por este año lectivo, no me voy sin despedirme y desearles un feliz año a todos los que leen estas superfluas letras y acompañaron mi inconstante actividad bloguera.

Como aviso parroquial, no hay que olvidar que hay compatriotas que no puden celebrar con júbilo estas fechas; se convirtieron  en víctimas de este torrencial invierno que jodió a el país entero y lo perdieron todo. Mi invitación es a cooperar en la noble causa, esta vaina se nos salió de las manos.

Nos reencontraremos el otro año, y espero, con más disciplina.

¡Felices fiestas!

3 de octubre de 2010

Látigo, látigo, látigo.

Buenas noches mis queridos lectores. Volví después de unos largos meses de ausencia sin justificación. No vayan a pensar (por el título del post) que mi abandono bloguero se dio por una alienante inmersión en el mundo del  sadomasoquismo del que no podía huir, y que me tuvo aprisionada buscando placeres lascivos y cosas de esas. (De ser así, poco o nada debería importarles) No. El Látigo, látigo látigo es porque hace poco me acordé de un popular programa del cual yo era telvidente fiel, y se llamaba "las Marías" que trataba sobre las diferentes situaciones que una monjitas chocolocas vivían en un convento y solían utilizar la frase que da el título a mi entrada, cuando algo se les salía de los cánones de su Status Quo. Entonces, decidí robarla. Tampoco es que me haya inclaustrado en el convento de las madres Carmelitas, no, sólamente vengo a dar unos latigazos de regreso; porque llegué así después de unos meses sabáticos y porque como no tengo quién me escuche, decidí hacer una catarsis en el blog, repartiendo rejo a todo el que se me atraviese. Por ello, y sin más preámbulos, inicio mi sesión de  latigazos, repartiendo fuete ventiao'  a cualquier cosa:


-Látigo, látigo, látigo para la libertad de expresión. Porque cierto ex asesor de campaña, el cual no quiero nombrar, pretendió callar a un reconocido bloguero, argumentando que sus palabras difamaban de su imagen pública. Más de uno ha sido sentenciado a guardar silencio porque lo que escribe no le gusta a alguien. Al demonio a todos esos que quieren callar las palabras, la opinión, las voces de los que se atreven. Látigo a todos los innombrables.

-Látigo, látigo, látigo para el maldito Twitter, del cual despotriqué y hoy soy una víctima más de sus redes. Por cierto, látigo para mí por abrir una cuenta que se llame @ImNightwriter.

-Látigo, látigo, látigo también a ustedes, si se convierten en mis "followres" (aunque deberían hacer el favor).

-Látigo, látigo, látigo para los psiquíatras y psicólogos, que creen que a punta de antidepresivos uno va a poder salir de la mala, mientras miran por la ventana cuando se les habla. Látigo también para las EPS por poner tan malos profesionales, para que se ocupen de los menesteres mentales que son tan importantes.

-Látigo, látigo, látigo para la ley del primer empleo. Porque aún no consigo trabajo desde que me gradué y tras del hecho, la ley ya no me cobijaría por tener más de 25 años para cuando la aprueben (si es que la aprueban). Látigo entonces por no haber estudiado otra cosa.

-Látigo, látigo, látigo porque ya me cansé de darles excusas, de decirles que no sabía qué escribir aquí.

-Látigo, látigo, látigo porque algunos de los contactos de Facebook, me agregan como amigo para luego sacarme o bloquearme. Látigo a mí por idiota, por aceptarlos.

-Látigo, látigo látigo para los que se creen intelectuales porque leen a Paulo Cohelo y a Walter Riso. 

-Látigo, látigo, látigo porque algunos dirigentes no se acuerdan que la constitución del 91 proclama a Colombia como un estado laico y no católico apostólico y romano. Látigo por que no se acuerdan de la libertad de culto.

-Látigo, látigo, látigo para todos los que si supieron qué hacer con sus vidas y yo no.

-Látigo látigo, látigo para los y las que odian al señor Bukowski.

-Látigo, látigo, látigo  para los cristianos que aún cuando sus vidas eran díscolas y perturbadas, hoy se creen mansas palomas en la compañía de Jesús su salvador. Si, como no.

-Látigo, látigo, látigo a la universidad que sólo manda ofertas de empleo a los ingenieros y piden 3 años de experiencia a los recién graduados.

-Látigo, látigo, látigo para mi billetera porque casi siempre está vacía.

-Látigo, látigo,látigo para algunos mojigatos que todavía se sonrojan cuando pronuncian la palabra "sexo".

-Látigo, látigo, látigo para la hijuemadre musa de la inspiración que me quedé esperando y nunca llegó.

-Látigo, látigo, látigo para mí, por abandonar estas letras por enésima vez, y pasar más de dos meses sin subir ninguna entrada. Látigo por los lectores que perdí.

-Látigo, látigo látigo para el sadomasoquismo y el Marqués de Sade.
  
-Látigo, látigo, látigo porque no hay más. Sólo hay látigo pa' repartir.

-Látigo, látigo, látigo porque sí.

Ahora ¿Tiene usted algún latigazo que adicionar?

14 de junio de 2010

Primer nobio* ¿Primer amor?

Mi niñez fue una época solitaria como también lo fue la adolescencia. Por eso será que cuando crecí, conocí el amor tarde. No guardo aún muy buenos recuerdos de esas primeras relaciones y primeros besos, en los que el corazón late a mil cuando el chico se acerca, y las manos comienzan a sudar a chorros, mientras se alcanza una extraña cúspide emocional y el conjuro de hormonas -propias de la época- comienzan a hacer de las suyas. Después de estar por unos cortos momentos en las nubes, se aterriza con el corazón hecho pedazos, y –en mi caso- con un complejo de patito feo a cuestas.

Por eso será que cuando de primeros amores se trata, prefiero devolverme 20 años y recordar aquella vez en que probé las mieles del amor con un chico que nunca me besó, ni me dijo que fuéramos novios, ni me hizo sentir un monstrete, y lo mejor: jamás me partió el corazón. El primer amor fue para mí, el chico ese del jardín que cargaba el apelativo de nobio sin su aprobación, pero que me hacía sentir especial, y pude saber lo bonito que podría ser compartir pequeños momentos de infancia, sabiendo que uno le gustaba al chico, aunque en realidad no fuera así. Una experiencia que sólo se vive una vez, y que después, poco experimenté gracias a los casi 12 años en que mis padres castraron las posibilidades al matricularme en un colegio de monjas sólo para niñas, y de donde recibí mi diploma de bachiller y una plaquita de condecoración por antigüedad. Ahora que lo pienso si, fue mucho aguante.

Ese chico al que precozmente llamé nobio, se llamaba Diego. Al igual que yo, cursaba Transición. Tenía 5 años, varicela, ojos verdes y la cabeza rapada. Diego tenía un hermano, Óscar, un año mayor y era hijo del Señor Gómez y la señora Lucy, conocidos de la profesora-directora del jardín y que nos hacían la ruta a Angélica, (mi prima) a mí y a otros dos niños, en su Renault 9 color rojo cereza y eran dueños de un restaurante en el Park Way de Bogotá, que todavía sobrevive tal cual como en los inicios de los años 90.

Recuerdo que Diego y Óscar, los hermanitos Gómez estaban "enamorados" de nosotras y el sentimiento era mutuo. Desde el principio (según mis vagos recuerdos) él decía que yo era su nobia e intentaba cogerme con timidez la mano en la ruta, jugábamos juntos en el recreo y me daba de sus onces. No había nadie más en ese salón de unos 25 niños, que se interesara por mi paupérrima existencia como Diego lo hacía, ni siquiera mi querida prima.

A Angélica y a mí, mi mamá nos enseñó a leer desde antes de entrar a estudiar y por eso, éramos las más pilas de la clase, y Diego no capaba condecoración y también era de los más listos. Un extraño conjuro, mera coincidencia o simple simpatía y en menos de nada y sin aún recordar bien, yo ya lo creía mi nobio y decía que me gustaba, pero sólo lo sabía Angélica.

Una niña de kínder quería bajarme a Dieguito, se llamba Helena. Ella era morena, de cabello negro y crespo, que siempre usaba medias de lana de colores pastel. Alguna vez le cogió a él la mano y yo los vi tras las escaleras en un recreo; ahí supe por primera vez lo que era una decepción amorosa. Sin embargo, Diego y Helena, no lograron consumar nada, pues Diego seguía aún cogiéndome la mano en el carro y mirándome en las clases mientras nos ponían a colorear mamarrachos en mesas separadas en el salón, y ella estaba en otro curso, con otra profesora y haciendo otras cosas. Una de dos: o Dieguito la sabía hacer y yo era más muy pendeja o de verdad si me prefería a mí.

No necesité decirle nada a Helena para que supiera que Diego era mío; la tierna y primera disputa tácita por un chico estaba ganada. Descubrí que era yo a quien él quería, y que Helena era una buscona porque al final, ella sólo se acercaba a nosotros, para decirle a Angélica que le gustaban sus tenis L.A. Gear nuevos. El chico astuto no sé cómo espantó a la niñita, al tiempo que junto a un amigo y cómplice suyo llamado Gonzalo, cuidaban de nosotras en los recreos, jugábamos cogidos y policías y ladrones con otros niños y nos daban de sus onces. Mientras Oscar, su hermano, llegaba con sus padres a recogernos en las tardes, y Angélica se emocionaba al verle su cabello rubio partido por la mitad, y su uniforme de colegio grande en la puerta del jardín, quitándose a Gonzalo de encima. Yo no sufría por eso, pues disfrutaba de la compañía de Dieguito desde por la mañana.

Llegó el día de mis cumpleaños y mis suegros de ese entonces me regalaron una carterita color blanco y rosa con un bolsillo en el que había estampada una muñequita del mismo color. La tarjeta decía mi nombre con un “De: Diego, Lucy y el señor Gómez”. Ahí creí que era yo quien ocupaba un lugar importante para Dieguito, pues ni aún en el cumpleaños de Angélica, los señores le dieron regalo. Ese privilegio fue sólo mío. Lo de ellos, era una relación más turbia e infructífera. La mía, tenía más futuro.

El día de la clausura final, había un número organizado por los de mi curso, una canción interpretada por todos. Después de un torrencial aguacero, llegó el momento de hacer la presentación final. Dos micrófonos darían el volumen suficiente para que las docenas de padres apreciaran nuestras infantiles voces sincronizadas en una misma melodía. Entonces, Cristina, la profesora, escogió a los chicos que irían al micrófono en la parte de adelante del escenario. En uno de ellos puso a Gonzalo, a un chico cansonsísimo llamado Cristian y a otro que no recuerdo quién carajos era. En el otro, Angélica estaría en la derecha, yo en el centro y a mi lado ¡Diego! Si, mí Diego, el que -obvio- nunca me besó ni me partió corazón. El chico hijo de los señores de la ruta del Renault 9 rojo, dueños de un restaurante del Park Way que todavía existe, que tenía varicela y unos saltones ojos verdes y al que por alguna extraña razón yo consideraba como mi nobio.

Aterrorizada por la magna noticia, salimos al escenario, y en uniforme de gala cantamos la canción. Él, me mira, de cerca me mira, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos. (como diría Cortázar en Rayuela) De repente, siento cómo su diminuta mano busca la mía y la agarra sin pudor alguno, sin importar que estuviésemos frente a un escenario con nuestros padres y detrás de nosotros los chicos del curso mirándonos. Sin dejar de cantar, continuamos con esa mirada de cíclope, sin soltarnos de las manos, agarrados fuerte porque era quizá el último momento, y con una extraña sensación inocente de maripositas chocolocas en el estómago dando vueltas por todo lado. Aún no habían hormonas alborotadas, ni la palabra amor cabía en nuestras mentes. Algo pasajero y hoy sombrío, constituye ese recuerdo del primer nobio, el ingenuo amor de jardín infantil, un sentimiento cálido e inocente que viví cuando apenas empezaba a hacer uso de la razón.

Desde ese día no volví a ver a Diego, pero así conocí esas extrañas emociones irrepetibles que me arrebató la adolescencia, y que tal vez me dejó claro que mas allá de mis traumas posteriores, esa fue quizás mi primera experiencia sentimental,  de la que si guardo un bonito recuerdo. Un sublime sentimiento que en todos despertaría nostalgia.
*Nobio(a): Primer chico o chica de la infancia con el que tuvimos algún tipo de vínculo emocional que se asemejaba a un noviazgo, pero sin los mismos "derechos" reales. De ahí la mala ortografía. (Palabra también vilmente robada a un amigo mío)

17 de abril de 2010

La mente nublada

Estos días no han sido fáciles, mis queridos lectores. Han estado inundados de varias sensaciones de altibajos constantes, dudas existenciales, laborales, filosóficas, literarias, teológicas etc, que no me han permitido poner siquiera una letra aquí. Mi mente ha estado totalmente turbia, nublada, insípida y estéril por razones que aun hoy, 44 días después de la última entrada, trato de comprender. Me he ahogado en pensamientos absurdos, ideas locas, infinidad de dudas, otra cantidad de errores y un buen par de aciertos. He pasado en blanco estos días de receso, sin escribir ni dejar comentarios en los blogs y en parte, apartándome de ese mudo cibernético en el que agonizo; inconscientemente resulté haciendo un alto en el camino y un intento desesperado de organizar mis ideas.

Tengo un ánimo que se mantiene en constante cambio, he llegado a saber qué es la bipolaridad en menos de nada y he tocado la cima de la desesperación. Creí que éste año sería fructífero, se me aclararían las ideas sobre la mentada pregunta de ¿qué voy a hacer con mi vida? He pensado ver psicólogos, psicoanalistas o hasta brujos y/o chamanes para ver si encuentro respuestas a mis existencialismos, pero no he logrado nada. Mi mente no es más que un gran signo de interrogación, manchado, confuso e incomprensible, y mi vida se reduce a simples decisiones que debería tomar y que creo que estoy a tiempo, o tal vez tarde.

No me he ido del todo, no he dejado de leerlos,  por ahí me asomo de vez en cuando a sus espacios y en silencio los leo. Mis escasas palabras llegan al punto de que ni siquiera dejo un comentario. Puedo tener 25 años y habrán en el mundo una cantidad interminable de personas con cosas mucho mas difíciles en qué pensar, pero creo que con lo mío basta y sobra. Cada quién vive los suyo y nadie podrá resolver mis berrinches, así que tendré que hacerlo sola.

Lo malo de estas crísis, es que el lector resulta involucrado en esto, no porque tenga la culpa, sino porque es mala educación dejar el blog ahí abandonado sin muestras de actividad, tal como si su autora se la hubiera comido la tierra. Alguien que al otro lado de la pantalla que llegue aquí, espera encontrar algo; podría imaginarse que aquí se escribía, y que hoy es un terreno baldío y abandonado. Quiero decirle que no es así. No quisiera desertar de esta bitácora, creo que ha traído grandes cosas, pero ténganme paciencia, poco a poco intentaré recobrar mis rutinas, como tantas veces lo he prometido. Tengo a mal contar, unas 20 entradas que he intentado escribir para poner aquí: anécdotas, reflexiones, cartas, comentarios, problemas, soluciones etc. y nada resulta completo porque tengo el gran dilema del inconformismo: nada me gusta o nada me parece.

Reitero en que no está bien no dar señales de vida; algunos me han leído desde mis inicios, y no es justo dejarlos así, pero nunca antes su autora atravesaba por una crisis existencial de tan gran magnitud, donde todo se remonta a un no sé. (Perdón si los aburro) pero creo que es hora de hacer una especie de catarsis para así poder sentirme mejor y continuar dándole vida a este blog.

Hace poco alguien me decía que mantener un blog activo es más difícil de lo que se cree, podrá ser totalmente reconfortante expresar en un espacio virtual varias de las sensaciones de quien detrás de su pantalla escribe estas líneas y todo eso, pero a la vez hay veces en que la cabeza del blogger se nubla, y empiezan a surgir otras prioridades, que no siempre son académicas ni laborales, simplemente existenciales, como es mi caso. Ahí se da uno cuenta, de que si es difícil mantenerlo vivo.

Así que acompañada de una taza de café cargado, vengo a dar señales de humo, con la convicción de que intentaré por todos los medios mantenerme aquí pegada a ustedes. Me siento como si estuviera dándole una charla de auto-superación a un auditorio (que no llenaría más de tres puestos, desde luego) pero necesitaba hacerlo. No todo en la vida es tan chévere y jocoso como debería ser, pero tendremos que seguir adelante.

Voy a seguir cargando mis baterías, a mitigar mis eternos karmas, a despejar mi mente, para que así se me acabe de una vez el nubarrón mental por el que ando. Compréndanme, si no estoy bien mentalmente, y estoy al borde de caer al precipicio existencial, es imposible poner algo coherente en este blog ¿o será que estoy capando manicomio?

Gracias por su eterna paciencia,

Nightwriter.

3 de marzo de 2010

¿Nos estamos volviendo viejos?

En estos últimos dos años, se ha vuelto una tendencia que me inviten a matrimonios, fiestas de niños y baby showers de varios amigos, familiares, compañeros o conocidos. Y yo sólo digo —Mierda ¿Tan joven Fulano y ya en esas? No creo—. Sin embargo, voy al almacén correspondiente y compro el regalo: Una vajilla, un vestidito diminuto talla 0, o un Elmo cosquillas; me pongo la pinta adecuada que toca usar para la ocasión, y asisto con una nerviosa sonrisa. Ahora, recuerdo que hace poco alguien puso en su perfil de Facebook la frase: "Cuando tus compañeros de clases comienzan a poner fotos de perfil de niños, es porque te estás volviendo viejo" y yo vuelvo y digo —¿será cierto? —creo que si, pienso. —¡Mierda! me estoy volviendo vieja y no me había dado cuenta—. Pero, ¿por qué, si todavía yo me siento de lo mas joven?

Y no es que sea una libertina de esas que creen a los 25 estar en la flor de los 15. No, de hecho, ya puedo decir que soy profesional; pobre, vaciada y sin empleo pero profesional. Mis paupérrimos ingresos no alcanzarían para pagar un arriendo, agua, luz y teléfono, ni mucho menos para comprar pañales cada semana, pagar Jardín infantil o lo que es peor, una matrícula de colegio privado. Mis trasnochos son, digamos, voluntarios; momentos en que se me pasa el tiempo navegando en la web, leyendo un entretenido libro o intentando escribir unas cuantas líneas, que al final siempre resultan en la papelera de reciclaje. Pero no creo que en esos momentos, me gustara de mucho pasar la noche en vela bajo esas razones si sé que cuando menos lo espere, un niño romperá en llanto pidiendo de comer, que le cambien el pañal o simplemente porque sí. No señor.

Creo también, que el mundo es muy grande. Son a mal contar, 198 países de los cuales no conozco ni siquiera el 10%, y a los cuales tengo la gana de visitar algún día que el bolsillo me lo permita, quiero llenar por los menos las diez hojas de mi pasaporte antes de que se venza. Si tuviera un hijo, o me caso, o algo similar, no podría gastarme ese dinero en viajes, y tendré que destinarlo a estos menesteres. Si he de llegar a da ese gran paso, consideraré casi como prioridad haber viajado lo suficiente, para luego, invertir  en este importante rubro de la economía de "adulto".

Mi estilo de vida, que no encaja ni en lo decadente ni en lo sensato, mi fracasada profesión, (que todavía me da vueltas en la cabeza la idea de que hice una muy mala elección: ni me gusta la carrera ni me da dinero) mis paupérrimos ingresos que no me alcanzan ni para mantenerme a mí misma, y la sensación de que todavía estoy lo suficientemente joven, no me dejaría dar ese paso en un futuro cercano. Es la insistencia de que todavía me siento algo joven para aquello.

Ahora me pregunto si será que mis amigos, familiares, compañeros o conocidos pensaron en todas estas cosas. Me parece como si fuera ayer, cuando las niñas del colegio me invitaban –por decencia- a sus fiestas de 15, los bebés los tenían nuestras mamás o sus hermanas, los matrimonios eran de los tíos o los vecinos y para todo esto, aunque uno asistiera por derechazo, nunca se preocupaba por el regalo. No creo que el embarazo de Fulana, que estudió conmigo, haya sido en estos días visto con extrañeza, como muy probablemente pasaría hace 10 años cuando andaba en la adolescencia, y no es porque los tiempos cambien –aunque de hecho, cambian- sino porque ahora, las reglas del juego son distintas. Estamos jugando a que ya somos grandes. Me preocupa saber que no puedo eludirlo y que tendré que sentar cabeza próximamente, pero a la vez me tranquiliza saber que al paso que voy, cuando tenga 50 me sentiré de 30, y eso podría ser muy bueno.

También me causa curiosidad enorme, saber qué pensaría mi mamá de todo esto, cuando tenía mi edad.

¿Será que de verdad, si nos estamos volviendo viejos?

***
Y hablando de que el mundo se va a acabar, yo creo que sí. Dos terremotos en un mismo año, seguiditos, casi que uno al mes, es una extraña manifestación de la madre tierra. También se desprende un bloque de hielo del tamaño de Luxemburgo que anda vagando por ahí, en el océano y como si fuera una bendición para curar esos males, se hundió la reelección. Muy bueno por esto último. No nos podría coger el fin del mundo con el mismo presidente. Estas contrariedades son una leve muestra de que esta vaina ahora sí se acabó!

29 de diciembre de 2009

Ya para cerrar el 2009...

Y se acabó el año señores, un 2009 en que sucedieron grandes cosas, el país desató grandes escándalos y la vida de Nightwriter transcurrió sin mayor novedad como es de costumbre. Pero, como estamos en épocas decembrinas en que todos están de vacaciones y casi nadie tiene la actitud de sentarse al computador a leer blogs con puras pendejadas, haré un sencillo balance general del 2009 en lo que respecta al blog y con él a su humilde servidora.

Esto es lo que el 2009 nos dejó, que no es precisamente una chiva, ni una burra negra ni una yegua blanca ni una nueva suegra:

- El 2009 termina en el blog con 23 entradas (incluyendo ésta) frente a 37 del 2008. Un bajonazo en la productividad producto de la recesión (de la inspiración).
- Cumplí 25 años de existencia. Un cuarto de siglo ya empieza a sonar pesado así no se aparenten.
-2 talleres de creación literaria tomados. Aún así, nada que logro escribir bien.
-Se cambió el look del blog, con una plantilla mas moderna y presentable. Tuvo al parecer, una buena aceptación de los lectores.
-Sin embargo, se perdió la información de visitas, que para ese entonces iba casi en los diez mil. Sorprendente.
-Estrené computador portátil comprado con dinero salido de mi bolsillo, increíble.
-Cumplimos un año en la blogósfera y se hizo una sencilla entrada para nuestros mas fieles y desocupados lectores en motivo de agradecimiento.
-Una dolorosa muerte rondó por la familia.
-Por fin hubo grado a pesar de casi todo el año sin actividad académica.
-Me pillaron diciendo mentiras, mas obvio no pudo ser.
-Conocí personas maravillosas (algunos incluso, lectores de este blog.)
- Muchos (y muy buenos) libros leídos, al menos es gratificante para el espíritu.
-Este blog se hizo acreedor a 20 seguidores, una cifra que a decir verdad no está nada mal.
-Otro reporte de navidad aburrida y sin modificaciones.
- Después de varias discordancias, pude darme una escapada a la playa, la brisa y el mar. Era todo lo que se necesitaba para recargar baterías.
-Pude ver a Haggard en concierto, no importa que hubieran mil cabezas de por medio.
-Es sorprendente la cantidad de blogueros que abandonaron sus bitácoras sin dejar señal ni rastro (algunos, lectores de este chuzo) otros simplemente nos dimos algunos recesos, esperemos no siga pasando.
-Por primera vez en la historia de este blog, tenemos la delicadeza de desearles un feliz año.

Y como ven, no son muchas las novedades; sin embargo, esperando que el 2010 sea mucho mas interesante, sin falsos positivos, chuzadas, ni reelección; espero que todos tengan unas felices fiestas y un próspero año nuevo. Volveremos entonces a encontrarnos en enero con más Opiniones Desocupadas. Gracias a todos los que mantienen vivo este lugar y esperamos seguir contando con su amable presencia al menos otros 365 días.

Aquí les dejo el video de la popular canción "El año viejo" de tony Camargo que inunda por estos días las emisoras del país. Disfrútenlo.


¡Feliz 2010 desocupados lectores!

Con cariño, su servidora,
Nightwriter.



8 de diciembre de 2009

De por qué no me gusta la navidad (Una razón ridícula)


Mi problema con las navidades radica desde hace exactamente 25 años. A partir de entonces, no recuerdo haber pasado esta fecha en otro lugar que no sea la casa de mis abuelos, que ahora, es mi casa. Mis primeros recuerdos navideños se remontan a eso de 1990. Le estaba pidiendo al Niño Dios una vajilla, (¿?) una muñeca que hacía ula-ula y otra que se hacía llamar "trici baby". El árbol de navidad era un chamizo sintético de no mas de 1.50 de alto, adornado con incandescentes bolas de vidrio con los colores mas corronchos y ordinarios que por esa época mandaban la parada en materia de decoración navideña. Mi abuela, pintaba pesebres en porcelana que vendía a los allegados y amigos de amigos a un alto precio. Paradójicamente en su casa -ésta- no había ni uno sólo.

A mi me parecía que el ambiente vespertino de la navidad y el año nuevo en sí, eran las mejores épocas del año porque el Niño Dios se acercaba al chamizo verde que a mí me parecía grandísimo y ponía los regalos envueltos en papeles con guirnaldas y muñecos de nieve que siempre eran lo que yo quería. No importaba que después de ese 24, los años siguientes siguieran siendo iguales: estaban los regalos a la espera de estar abiertos en el árbol y, al menos eran los que se pedían.

Pasó el tiempo, y las navidades parecían estancarse en el pasado, el mismo ambiente se hacía aburrido a medida que pasaba el tiempo. Los "grandes” se emborrachaban y bailaban como locos, creyendo tenernos contentos con darnos los regalos, mientras poco a poco mis primos y yo nos íbamos dando cuenta de quién era en realidad el tal Niño Dios, cuando veíamos por la ventana a mis papás y tios sacando bolsas negras gigantes, y luego se encerraban en un cuarto a donde misteriosamente no podíamos entrar. No niego que aún así, era emocionante tener esos juguetes que salían en la tele, pero el sin sabor comenzaba a apoderarse de mí cuando no notaba cambio alguno entre navidad y navidad y los juguetes comenzaron a escasear por darle paso a la adolescencia.

Las nochebuenas eran entonces, un día en que a diferencia de los otros del año se reunían algunos miembros de la familia a comer casi siempre los mismos jamones y enrumbarse a punta de equipo de sonido y vino blanco en la sala de la casa. Cotidianidades que paulatinamente ya no me estaban pareciendo graciosas, pues una vez se evadía la respectiva y ridícula bailada de las pegachentas canciones de temporada ni se reciben juguetes, la opción era jugar Rummy-Q o cartas, y entonces, el 24 y 31 ya eran en sí, largas torturas que por tradición tocaba celebrar allá (ahora acá).

Poco a poco algunos de los familiares cayeron en cuenta de que hacer siempre lo mismo con los mismos, resultaba aburrido hasta con los pobres chinos que para esa instancia ya hacían berrinche por ir allá (ahora acá), así recibieran regalos. Por eso algunos empezaron a buscar mejores lugares para pasar festividades, todos lo hicieron al menos una vez, todos menos unos: Mis adorables padres. Así fue que entonces, la casa de los abuelitos se convirtió en el escampadero decembrino, el lugar en donde los familiares que los había dejado el avión, se pelearon con la mujer o quienes no tenían dónde pasar estas fechas, iban a templar. A las 12 cada uno daba su feliz navidad sin tanto ímpetu como antes, y a la 1o 2 ya todos dormíamos.

Mis amigas del colegio comenzaban a contar sobre sus navidades y yo sentía que todo el mundo disfrutaba sus diciembres , pero en el fondo yo no. Nunca le eché cabeza al asunto, ni la culpa a nadie. Pensaba que a lo mejor tendría 365 días para buscar nuevas sensaciones, pero se llegaba la fecha y no encontraba nada que hacer mas que resignarme.

Hoy (Dios me perdone pero es la verdad) es complicado zafarse de las aburridas Nochebuenas de la casa de mis abuelitos. La sensibilidad de mi mamá se activa en el último mes de año, y cualquier ligera intención de irse con otras personas a pasar navidad o año nuevo, es un largo discurso de recriminación e ingratitud para con la familia, y un repetitivo "uno no sabe, qué tal ésta sea la última navidad".... Así que es imposible escabullirse.

Mientras todos van a disfrutar de su diciembre con alegría, para mi resulta una fecha patética y monótona. Ya no hay regalos, ni primos, no tengo vecinos, ni amigos. Y si así los tuviese es imposible pasar con ellos las festividades. Por eso decidí, como firme propósito para el 2010 (lo cual será el primer deseo de la uva que pida el 31) irme a viajar todo diciembre, el próximo año. Así me logro liberar de las celebraciones familiares que son aburridísimas y terminan de ser peor cuando la casa de los abuelitos, es ahora es mi casa. No sé, ahorraré todo el año y el 1 de diciembre empacaré maletas al Machu Pichu o algún país o departamento, con la excusa de que haré un largo viaje para que mi madre no recrimine mi mal papel de hija desalmada.

Pero ya qué. No hay lugar para sentimentalismos ni debilidades, a fin de cuentas para mí la navidad no tiene gracia, porque así lo fue desde niña. Nunca la he pasado lo suficientemente bien como para que se haya creado en mi un sentimiento de empatía con la época, así que aún cambiando de ambiente o de lugar de celebración, será tanto o igual que un día normal, y a la 1 o 2 de la mañana, como es costumbre me acostaré a dormir. En lo que respecta este año, agradezco al santísimo que exista esta maravilla a la que llamamos internet.

23 de noviembre de 2009

Ausencia injustificada

Buenas noches queridos lectores. Sé que suena repetitivo tratarles de pedir disculpas por la ausencia que ronda estos desocupados lares. Llamémosla problemas, existencialismo, exceso de labores, vueltas tontas y otros menesteres o simplemente falta de inspiración. Si señores, este chuzo estaba olvidado casi un mes, y algunas vez prometí que regresaría para no dejarlo botado, pero viéndolo bien no estoy respondiendo a la altura.

Me he dado cuenta que es común que los blogueros pasemos por ciertas crisis en algunos momentos de nuestra ciber-vida bloguera, en unos casos se hace mas prolongada que otras, llegando incluso al abandono definitivo. En mi caso no es tan grave, tan solo una lejanía de unos cuantos días que ya casi llegaban a los 30, y no es justo que por primera vez en nuestra historia, un mes se quedara sin al menos una entrada. Igual, ya lo he dicho: Si me voy tengo que despedirme como se debe ¿no? Pero igual, no pienso por ahora irme ni mucho menos, pues de alguna forma he llegado hasta a tomarle aprecio a esta Opinión Desocupada y a los tres gatos, fieles lectores de este magnánimo templo del ocio que poco o nada aporta a sus vidas. Era mas bien cuestión que tenía que dar señales de vida, no perder el ritmo, ni mucho menos dejarme llevar por los asuntos externos; en pocas palabras hay que dedicarle tiempo al blog de vez en cuando, eso es bueno y gratificante.

Todo se debe a que sencillamente la mente trabaja a veces en contra del teclado, pues las ideas no fluyen y cada vez se hace mas difícil ponerlas en público, pasaban los días y no tenía nada que contarles, con la excepción que aquí la suscrita está próxima a graduarse en un infructuosa carrera que de poco o nada le ha servido. Si, después de tantos intentos, tanta palabrería por fin me gradúo. He escrito mil entradas sobre eso sin que ninguna haya llegado a ver la luz por no aburrirlos de mis quejas constantes sobre el tardío arrepentimiento de elegir mal lo que se supone, me dará de comer (y que al paso que voy moriré mas escuálida que niño de África) estos trámites burocráticos me han tomado tiempo valioso, tiempo que me ha alejado del cieber espacio y he tenido incluso que recordar viejísimos tiempos volviendo al viejo claustro que me vio graduarme como Bachiller ya hace algunos años y de donde salí con mejores expectativas. De esto podría contarles mas detalladamente, pero no quiero extenderme con mis clamores por ahora.

Esa, mis queridos y desocupados lectores, es quizá la razón injustifiacada de mi ausencia prolongada por estos lares y de que esta entrada sea un poco floja. Espero retomar el ritmo y volver otra vez a los juicios de la disciplina blogguera de la que ya me he acostumbrado, y de nuevo, ponerme al día con los otros blogs de los que soy su lectora; aunque he notado que últimamente parezco no ser la única sin novedades en su bitácora. Espero, nos reencontremos muy pronto y gracias por su espera.

***
Pd: Así como lo dijo el señor Iván, el diploma es un certificado oficial de desempleo, así que si alguno de ustedes sabe de alguna ONG que requiera mis servicios como profesional en Relaciones Internacionales con énfasis en DDHH y DIH (Derechos Humanos y Derecho Internacional Humanitario), se les agradecerá enormemente. ¿Voluntaria? no, no puedo ya me regalé 6 meses con el estado y no me sirvió para absolutamente nada.

Que terminen de pasar una buena noche.

25 de octubre de 2009

Fanaticadas adolescentes

Domingo: Día en el que por naturaleza se hace pereza y por lo general -o en lo que a mi respecta- se permanece en casa e incluso a veces se evade la ducha, se cambia el orden del cuarto, o se dedica el tiempo necesario para otros quehaceres que no son aptos para ningún otro día de la semana. Fue precisamente el domingo que me encontraba rebrujando y re acomodando chécheres, pues tal vez con los años se acumula basura innecesaria, que inconscientemente se guarda y que después de un tiempo pierde todo valor de tenerlos en su haber, o todo lo contrario; y fue precisamente en esta actividad dominguera en la que me topé con unos cd´s que conservaba en una caja de cartón ya arrugada, que guardaba en la mesa de noche, todos estaban cuidadosamente puestos uno sobre otro. El primero de ellos tenía carátula anaranjada y en ella posaban inocentes tres niños de cabello largo y se llamaba "Middle of nowhere"  tal fue mi sorpresa verlo de nuevo que no lo evité y lo puse en la unidad reproductora y le di Play. Mi mente se llenó de espesos recuerdos de mi adolescencia en que sufrí y viví locamente por estos chicos. Si, eran los famosos hermanos Hanson y ya imaginarán de quién mas eran los otros cd's. Empezó a sonar su cancioncita pegajosa "Mmmbop" que muchos odian pero que yo en esa época escuchaba mil veces, y recordé cómo el estribillo que como chicle pegajoso se quedaba en mi cabeza, de nuevo retumbaba en mis oídos.

En el año de 1997 me topé con los Hanson, gracias a un ligero boom en la tv, donde reproducían continuamente el video de "Mmmbop" yo, solitaria en mi alcoba, veía cómo al ritmo de la canción los jovencitos paseaban por la playa, se divertían en los buses y patinaban como locos por las calles. Me impactó la alegría que en ese entonces emanaba en mí aquel video y fue por eso que comencé a averiguar en revistas y periódicos quiénes eran esos chicos y cómo se llamaban.... De ahí para adelante, se convirtió en una inmensa obsesión de tener a mi alcance todo cuanto de ellos los medios registraran. Si, son tonterías quizás, que en el paso de niña a adolescente suceda este tipo de cosas. Los Hanson se convirtieron en mis primeros amores platónicos y sus canciones componían la banda sonora de mi aburrida y solitaria vida de adolescente, por eso fue, que cuando el domingo volví a escuchar todo "Middle of nowhere" llegaron a mi mente mil recuerdos que parecían igual de olvidados que esos cd’s, alegrías tristezas, triunfos y derrotas acompañados de voces andrógenas y sonidos novatos. Puede que a cualquiera le parezca algo estúpido el saber que fui seguidora empedernida de tal grupito gringo, quizá ustedes en su adolescencia tuvieron mejores aficiones que la mía o por lo menos mas interesantes. Si, eso lo sé, pero no creo tener culpa de ello, pues para ese entonces Hanson para mí era lo máximo y no había poder humano que me convenciera de lo contrario.

Nunca supe cómo ni por qué, me llegué a obsesionar tanto y me dejé llevar por las maravillosas estrategias mercadológicas que hacían por ese entonces las casa disqueras con un género híbrido llamado Pop, y miles de jovencitas como yo se declaraban fanáticas de grupos como estos. El caso es que mi admiración por los hermanitos aquellos llegó mas allá que eso, pues pasaron los años y a mí todavía me seguían gustando, hubo un momento en que estuve plenamente convencida de tatuarme sus nombres y su logotipo en alguna parte de mi cuerpo, para mi fortuna eso nunca se llevó a cabo, pero compré compulsivamente todos y cada uno de los cd’s y mi cuarto se tapizó por completo con sus afiches casi por 5 años.

Estuve en club de fans, tuve camisetas botones, artículos de periódico, revistas, posters, fotos, y libros de los famosos Hanson, me aprendí sus canciones y con diccionario en mano me dediqué a traducir todas y cada una de ellas (bueno, en realidad sólo las de "Middle of nowhere"). Como resultado, mi nivel de inglés avanzó a pasos agigantados y pasé a ser la "dura" de esa materia en el colegio, pues mi nivel llegó a superar el de mis compañeras del salón. Finalmente mi obsesión tenía que tener algo de bueno y que mejor que fuera acedémico.

Todavía cada vez que alguien ve a los hermanos  Hanson cantando en algún canal de TV, se acuerda de mí y algunos me molestan por haber sido fan acérrima de los muchachitos; quedará para siempre el estigma de niña boba fanática entre quienes me conocieron por aquellas épocas (que no son muchos), eso lo sé. Pero quién de ustedes no se ha sentido atraído a alguna vez a alguna canción o algún artista que causa vergüenza aceptarlo en público, por ejemplo a mi prima le gusta Chayanne y ruborizada lo acepta, a otro metalero rudo de por ahí le ponen los pelos de punta escuchar Roxette y a uno de mis amigos le gustaban casi como a mí las Spice Girls. Y si, yo fui de esas, puede que mi fervor hacia los Hanson ya se haya desvanecido, con el fin de la adolescencia, pero no puedo negar de que su música pegachenta, esa que contaminó mis oídos por tanto tiempo, despertó el domingo en mí, la mas sublime de las nostalgias de aquellos momentos, hoy, solo simples recuerdos.

Aquí les dejo entonces el video que me trasnportó de nuevo al pasado. "Mmmbop" la  canción que mas sonó del album "Middle of nowhwere"... Búrlese si así quiere, pero antes recurde, que usted también debe tener por ahí su gusto boleta guardado.


12 de septiembre de 2009

Hotel Mamá Ltda.


Bienvenido hijo, este paradisiaco lugar es un complejo exclusivo y lleno de grandes ventajas y en algunos casos comodidades, diseñado exclusivamente para nuestros clientes. Hotel mamá ltda, es uno de los mas sofisticados lugares para pasar el verano, otoño, invierno, primavera, infancia, adolescencia, adultez e incluso vejez. Todos esos momentos que, sabemos son importantes en la vida.

El personal del Hotel Mamá Ltda está capacitado para atenderlo, soportarlo y aguantarlo, siempre y cuando usted retribuya en algo su estadía, aunque no siempre ha de ser necesario.En este hotel, usted se sentirá como en casa (de hecho lo es) y ahorrará mucho dinero siendo nuestro huésped “Bombril” de honor, comparado con otros lugares para pasar sus días ( o semanas, meses, años y décadas). Las tarifas no siempre son económicas pero todo es reembolsable, pues la gerencia se encargará de usted en todo momento, incluso cuando usted se pueda valer por si solo. De hecho, contamos con un seguro de desempleo, en el cual, en caso tal de que pierda su trabajo, el hotel se encargará de auxiliarlo sin importar el tiempo o sus ínfulas de ganar sueldo de ministro en su próximo empleo.

Hotel Mamá Ltda ofrece habitaciones cómodas, diseñadas a su gusto y necesidades, eso si, con baño compartido, pero con desayuno, almuerzo, comida, medias nueves, caprichitos y antojos los 365 días del año, las 24 horas. También cuenta con servicio de internet Banda ancha, tv por cable y llamadas ilimitadas si las necesidades hogareñas así lo requieren, de lo contrario estos gastos irán por su cuenta. Su calidad de huésped ( y mas si es un “Bombril”) le da el derecho a portar una copia de las llaves de las principales puertas en caso de cualquier necesidad y a tomarse algunas atribuciones.

Las instalaciones del hotel están ubicadas en cualquier lugar de la ciudad y del país, que, dependerá de su apellido y su árbol genealógico. Van desde el norte hasta el sur, pasando por el oriente y occidente, y cubre los estratos del 1 al 6 (así a veces los clientes, crean ser 10).

Se ofrece también, servicios de manutención y chocholeo en caso de presentar -o fingir- enfermedades graves o leves, exigiendo a cambio su disposición para recibir cantaleta cada vez que usted le haga a mamá (la Gerente) una fechoría que ella no apruebe.

El hotel presta sus instalaciones como centro de convenciones e incluso de vacaciones, donde usted podrá reunirse con amigos, compañeros de trabajo y demás, para sus celebraciones personales con o sin motivo aparente, y sin ser necesario su previo aviso a la Gerencia. Usted puede alojar a sus compañeros de juerga en caso de éstos no estar capacitados física o moralmente para poder llegar a sus lugares de destino, la estadía máxima permitida son 3 días. A partir de este se generarán cobros extras. Cualquier daño o perjuicio provocado correrá por cuenta del cliente anfitrión, en ese caso, usted.

Hotel Mamá Ltda ofrece también servicios de asesoría jurídica, democrática, meritocracia (cuando esta se merezca) y jueces especializados en resolver y sancionar los diferentes conflictos civiles que se les presente a los clientes. La corte suprema del hotel es la que tiene la última palabra en las disputas que se presenten entre los acostumbrados huéspedes del lugar. Adicionalmente se cuenta con asesorías psicológicas y espirituales en momentos de desasosiego u otros.

Las cuotas por estadía de Hotel Mamá Ltda, varían según la edad y la situación socioeconómica de los clientes. Se reciben pagos en efectivo, tarjeta de crédito, cheques posfechados e inclusive cariñitos y lambetazos.

Tarifas por persona:

- Neonatos, recién nacidos y niños hasta los 8 años: Estadía gratuita.

- Niños de 9 años y adolescentes: Estadía gratuita, sujeta a condiciones, a castigos, represalias, suspensión del internet y teléfono en caso de controversia. Se exige total responsabilidad en las labores académicas y horario restringido de llegadas nocturnas y salidas con amigos.

- Mayores de 18 años y estudiantes universitarios: Cláusula de responsabilidad universitaria y habitación individual asegurada.

- Graduados universitarios: Cantaleta casi diaria sobre su situación laboral e intenciones de buscar trabajo o algo qué hacer.

- Empelados y /o independientes: Porcentaje de la quincena, equivalente a un poco mas del diezmo para los gastos de la casa y alimentación, se exige también la obligación de pagar al menos un recibo se servicio público. Ya se le guarda la comida caliente en el horno y no se le da cantaleta sin importar su hora de llegada, siempre y cuando colabore con la módica cuota. Nota: si es independiente, se le harán audiencias periódicas para determinar el origen de sus ingresos.

- Empleados o pensionados o personas con esposa y/o hijos: cuota de manutención equivalente a más de la mitad de su salario por concepto de alimentación y sostenimiento de cabezas extras. Si decide permanecer, tendrá que hacerle reformas al hotel y adecuar los espacios para que cada vez sean mas independientes, estos gastos corren por cuenta suya en su totalidad.

- Adultos solteros y mayores: Estadía condicionada a su paciencia, mamá no se explica cómo diablos usted todavía se soporta estará allá.


Atendido directamente por su propietaria lo invitamos a que visite Hotel Mamá Ltda, que a diferencia de otros lugares por ahí, éste ¡ Si lo tiene todo!.


Atentamente, La Gerencia. Su madre.

24 de junio de 2009

Oda a mi Atari...

-Uno de los primeros Nintendos-

Hace unos días acompañé a alguien a comprar una consola de videojuegos, fue de total sorpresa para mí enterarme de los elevados precios y las mil pendejadas que ahora traen. Esto me hizo pensar – y aunque suene retrógrado- en que para mí, lo único interesante en el tedioso mundo de los videojuegos es el famoso Atari. Esa colosal cajita cuadrada con forma de ladrillo y muy usada en los 80 y a principios de los 90 causa en mi cierta nostalgia por la cantidad de horas que me entretuvo durante mi feliz infancia, así que si en estos momentos volviera a ser niña preferiría tener un Atari que un X-box o un PlayStation. Lástima, los tiempos cambian, pero creo que yo no lo superé, nunca encontré otro aparatico que lo igualara.


Era interesante como los juegos estaban hechos de historias sencillas con héroes cándidos, las imágenes de mundos fantásticos eran pixeladas pero aún así, increíbles. No había introducciones con una historia de trasfondo, los personajes no tenían siquiera una cara definida y los escenarios eran planos y repetidos. Sin embargo, eso no importaba, los juegos se jugaban y ya. Finalmente divertían, y mucho.

Estrené el Atari con uno muy peculiar llamado Duck Hunt, con el cual se usaba una pistola y consistía en dispararle a unos patos en el cielo hasta matarlos, la idea era acumular de a 10 patos muertos en cada ronda para así ganar mas puntos. En caso de no lograrlo, salía en la parte inferior un mugre perro muerto de la risa burlándose del cazador. Este personaje era un constante reto para mí, pues de solo verle su cara ridícula me provocaba matarlo a él, pero como no podía, me incitaba a matar cada vez más patos.

Recuerdo también el legendario Súper Mario Bros, muy conocido entre mis colegas de juego y cuyo fin era que un personaje gordito, feo y barrigón (Mario) rescatara a una princesa encerrada en un castillo al que uno llegaba después de matar en varios mundos a punta de saltos o bolitas de fuego a varios monstruos, tortugas y otros especímenes que nunca supe que rayos eran. La aventura era fascinante y el tiempo que uno gastaba intentándolo era eterno, sin embargo, yo nunca tuve la proeza de rescatar a la codiciada princesa y lo único que encontraba en el castillo eran un mamarracho con cabeza de hongo y letreros en inglés. A juzgar por semejante apariencia, no creo que fuera la princesa que salía en la caja del casete. Como quien dice, Súper Mario me metió gato por liebre.

No miento cuando digo que fue mucho el tiempo el que le dediqué a esos rudimentarios videojuegos propios de la época, ya que en cierta parte ayudó a calmar mi soledad infantil en la cual solía estar. Mis primos llegaban a mi casa a jugar en mi consola porque ellos sólo tenían un juego y yo tenía un casete con mas de diez, de los cuales en algunos yo era la experta. Por eso, me hacía sentir importante y fuera de eso me traía compañía, en pocas palabras era perfecto. Hoy, el Atari con el que yo jugué ha muerto, la industria creció tan rápido que al poco tiempo de disfrutar al máximo del mío, llegaron otros mas poderosos, con mejores cualidades y Súper Mario volaba y hacía otro tipo de piruetas, así que el que yo tenía se convirtió en un vejestorio que incluso por ahí todavía está guardado en algún rincón de la casa.

Es bien claro que todos los que jugamos Atari por horas y horas, podríamos escribir unas memorias de nuestras tardes de ocio pegados al televisor no precisamente viendo novelas. Unos éramos “duros” en algún juego en especial y otros tuvieron también la fortuna de conocer a la princesa de Súper Mario. Como extraño esos tiempos, pues en medio de lo malo que podía llegar a ser –Según los regaños de mis progenitores- me trajo compañía y siempre dejaba como recuerdo los dedos pulgares hinchados de tanto oprimir los botones del control.

Ahora las consolas vienen con mil artefactos estrafalarios, e incluso los controles vibran cuando se hace algo mal. Maldita sea mi suerte, de haber tenido una pistola sin cables y con vibrador, probablemente habría podido matar al perro que se burlaba de mí noche tras noche, y quizás Súper Mario le habría dado bala a ese hongo que se hacía pasar por princesa cada vez que yo llegaba a un castillo.